Juan Cruz Bergondi
09/08/2018 10:42

Cocinada al ritmo suave del encanto y la dulzura, Una pastelería en Tokio (An, 2015), la película de Naomi Kawase, es tan profunda como entretenida.

Una pastelería en Tokio

(2015)

En Japón el dorayaki es tan popular que se vende en puestos callejeros. Se trata de un dulce hecho a partir de dos bizcochos que en medio se unen por una pasta de frijoles rojos, muy común en el Lejano Oriente. Sentarô (Masatoshi Nagase), el solitario encargado de una pastelería, pone un anuncio en busca de alguien que lo ayude con el trabajo. Nada parece conmoverlo, ni siquiera la animosidad de unas adolescentes —entre las cuales está Wakana (Kyara Uchida), quien le pide ser tenida en cuenta en la búsqueda laboral—, las consumidoras habituales del local. Un día llega Tokue (Kirin Kiki), una anciana menudita que tras insistir al final obtiene el puesto cuando le trae la pasta dulce que ella misma realiza con sus manos. El secreto del dorayaki en verdad no es ningún secreto: consiste en prestar el oído a quien lo necesita, sea el tiempo, la naturaleza o el amor.

Si todo indica que la película girará en torno a la contraposición de la tradición y la modernidad, el relato se desvía de la corriente y navega bifurcaciones inesperadas. Desde luego que está presente, por un lado, la desatención que la actualidad propina a quienes ya se hicieron mayores —y con ellos, a sus historias—, y por el otro el salvaje apetito del capitalismo que nada sabe de respeto y humanidad. Pareciera, en un principio, que Tokue sólo encuentra la realización por medio del trabajo, lo que insertaría en la narración un mensaje un tanto inquietante. Pero en realidad lo que busca esta anciana maltratada es trabar nuevas amistades, ya que el mismo vínculo mantiene con sus pares y con la vida. Naomi Kawase teje una trama, al mejor estilo de Chejov, sin prisa pero con decisión. De manera oportuna cada personaje expondrá su situación al tiempo que se corre el velo sobre un aspecto quizá no tan conocido de la historia de su país: la mirada que tuvo sobre una enfermedad tan devastadora como la lepra y los enfermos que la padecieron.

Las flores del árbol de cerezo son el marco ideal para una película que posa el ojo sobre las pequeñas cosas. El equilibrio lo practica en una soga muy delgada: en cualquier momento —como casi pasa hacia el final— puede venirse todo abajo. Y es que la combinación de dulzura y paciencia con la apuesta por los sentimientos más puros y la contemplación de la naturaleza en las manos de otro podría haber dado como resultado un cuento soso sobre las bondades de la vejez con sobredosis de azúcar. El fantasma de Ozu sobrevuela la puesta en escena: la mayoría de las alturas de cámara, los tiempos al interior del plano, los encuadres más bien cerrados. En la película de Kawase no se necesitan ni los petardos ni la tragedia para mantener el interés sobre una trama que prácticamente levita. Una lección que vale la pena aprender: a veces las mejores familias las conforman los amigos que la vida regala.

8.0

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