Rolando Gallego
02/07/2018 17:19

Para aquellos que no hayan visto con anterioridad Sin Filtro (2016), de Nicolás López, o las diversas remakes que se han realizado hasta el momento de la película en diversos lugares del mundo, Re Loca (2018) de Martino Zaidelis, es una puesta al día de aquella narración que se introducía en el universo de una mujer que resolvía diversos conflictos que la agobiaban.

Re Loca

(2018)

En esta oportunidad, la “reloca” del título es Pilar (Natalia Oreiro), una especialista en publicidad que ve cómo su mundo comienza a desmoronarse a partir de la mirada ajena, pero también de su continuo agachar la cabeza y cerrar la boca ante situaciones que la exasperan y subordinan. A diferencia de sus predecesoras, Re Loca propone una mirada diferente en esta historia de empoderamiento instantáneo, apoyándose casi exclusivamente en la solvencia y rendimiento de Oreiro, quien encuentra, en un personaje distinto a lo que viene ofreciendo en cine, posibilidades expresivas para desarrollar matices, divertirse y divertir.

En Re Loca los universos que chocan con el de Pilar son exagerados, y en esa hiperbolización de cada una de las características, hay una búsqueda por empatizar con la protagonista casi inmediata. Su pareja (Fernán Mirás) se aprovecha de ella, el hijo de éste, la vive, su jefe (Agustín Radagast) la minimiza y prefiere que dé un paso al costado en decisiones estratégicas, y su ex novio (Diego Torres) la ronda mientras prepara su boda con una obsesiva wedding planner (Gimena Accardi).

Anestesiada por sus vínculos, un día, por obra de un amuleto, no sólo comienza a darse cuenta de la verdadera cara de quienes la rodean, sino que, se anima a gritarles en la cara su verdad, la que comenzará a posicionarla en un lugar incómodo para todos. Re Loca posee elementos de la comedia tradicional como el gag y el conflicto como disparador narrativo, pero apela a la construcción de escenas que funcionan de manera independiente del relato general.

En la transformación de Pilar hay una necesidad por construir un verosímil que tiene referentes claros de la “argentinidad exasperada”, que van más allá de los gritos e insultos, cimentando un mapa en el que la liberación es posible gracias al trazo grueso con el que se pincelan a sus “contrincantes”. Curiosamente, muchos de sus opuestos -por no decir la mayoría- no son mujeres, y esa es una decisión política en medio de un momento histórico en el que la reivindicación de igualdad prevé la construcción de potentes personajes femeninos. Pilar nunca pelea con alguien del sexo opuesto, al contrario, sólo se anima a decirle a una amiga (Pilar Gamboa) o a su hermana (Valeria Lois) sus verdaderos pensamientos.

Por el contrario, en las versiones anteriores, el personaje protagónico peleaba con mujeres en la calle, pegaba trompadas limpias en la cara de éstas, y la mujer salía empoderada de las situaciones. Al cuidado político de la historia en este sentido, sumado a una puesta televisiva, que se nutre de estrellas provenientes de redes sociales, stand up, teatro alternativo, etc., avanza en el asumir de la protagonista su transformación y querer continuar en un camino de verdad a cuatro gritos, pero que no puede correrse de cierto discurso que atrasa cinematográficamente, resintiendo su necesidad de mostrarse novedosa y aggiornada.

La propuesta, eso sí, es una de esas oportunidades casi únicas de ofrecer todos los elementos, condiciones de producción, guion, tiempo en pantalla y más, a una figura, en este caso Oreiro, pero que también permite el lucimiento de algún secundario, como el personaje de Gimena Accardi, quien deslumbra con la construcción de su obsesivo y celoso personaje.

6.0

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