Emiliano Basile
17/05/2018 12:53

Después de la genial Te sigue (It Follows, 2015), David Robert Mitchell hace una película muy personal donde desarrolla dilemas de autor. Fetichismo por la cultura pop, obsesiones contemporáneas y la búsqueda de la felicidad extrema, en un clima enrarecido de suspenso surreal. Disponible en Amazon Prime Video.

Under the Silver Lake

(2018)

La película empieza como La ventana indiscreta (Rear Windows, 1954) con Sam (Andrew Garfield) observando cuán voyeur a sus sexys vecinas, hasta que se obsesiona con Sarah (Riley Keough), una hermosa rubia que desaparece del vecindario misteriosamente al estilo Vértigo (1958). La búsqueda de ella asociada a la felicidad absoluta estructura al film. Sin embargo, decir sólo esto sería reduccionista en una película compleja, cargada de referencias cinematográficas y que juega con las supuestas claves de la cultura pop.

La odisea de Sam es el punto de partida para introducirse en infinidad de fiestas adolescentes acosado por un imaginario complot. Una revista de historietas de terror anuncia mensajes escondidos en cajas de cereales, letras de canciones anticipan la existencia de una extraña secta de modelos. En esta segunda perspectiva Under the Silver Lake (2018) invita a comparar el film con Donnie Darko (2001) o El camino de los sueños (Mulholland Drive, 2001).

Sam es un adolescente abúlico, disfruta estar tirado en su casa sin hacer nada y no encuentra motivos ni siquiera para tener sexo con su novia. Al conocer a Sarah, hallar la felicidad absoluta se hace posible, un estado Nirvana en código adolescente, ese que existe sólo en la fantasía publicitaria. La película narra ese periplo errático del protagonista por submundos y personajes estrafalarios.

El cine clásico siempre presente en afiches y la televisión, es un metalenguaje fundamental el film. Es un objeto de consumo y, a la vez, son historias que trazan vertientes en la historia de Sam (su parecido con Shaggy de Scooby-Doo no es gratuito). Como si el mundo que habita estuviera pensado a partir de símbolos implícitos de la cultura pop que hay que descifrar. La incomprensión de los mismos se transforma en frustración que se traduce en violencia. De ahí la escena en la mansión del “compositor” de hits. La imposibilidad de dar con su utópico objetivo, deviene su realidad en pesadilla.

David Robert Mitchell hace la película que quiere, después del empujón de confianza de Te sigue. Utiliza su buen manejo del terror cotidiano para contar algo de mayor profundidad: la fantasía del mundo contemporáneo. Y lo hace en clave adolescente, con la connotación sexual en primera plana. El director corre riesgos y se despacha con un film increíble -en todos los sentidos del término- y único, que dan cuenta de una potencia emergente en su obra.

8.0

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