Benjamín Harguindey
15/05/2018 10:55

Superficialmente la historia de Tully (2018) está al nivel de un sketch de Plaza Sésamo: presenta un problema común con una solución obvia. Una madre, atareada con el cuidado de sus dos hijos y doblemente estresada por el nacimiento de un tercero, contrata una niñera (la Tully del título). ¿Y el conflicto? La propia película se adelanta a hacer chistes sobre La mano que mece la cuna (The Hand That Rocks the Cradle, 1992) así que por ahí no viene la mano.

Tully

(2018)

El conflicto, como se lo entiende en una historia dramática, nunca llega. Tully presenta un estudio del personaje de Marlo (Charlize Theron), una mujer frustrada por la mundanidad de su vida doméstica y atrapada en un ciclo vicioso de depresión y dejadez. Añora la libertad de su juventud y una época en la que no estaba casada con un insulso Ron Livingston. No es difícil comprender ni identificar el malestar de Marlo, pero el guion requiere que ella se desconozca a sí misma y en el acto de reconocerse de a poco y replantearse su vida la película encuentra su componente dramático.

“Las chicas no sanan,” dice la protagonista no menos de dos veces. La frase no sólo se convierte en el lema de la película sino que también podría ser el de Adultos jóvenes (Young Adult, 2011), la anterior colaboración entre el director Jason Reitman, la guionista Diablo Cody y Theron en el rol dual de productora y protagonista. Ambos personajes son parecidos desde su inmadurez y obsesión por un pasado fantástico e irrecuperable. Un pasado que en el caso de Marlo viene a tocarle la puerta en forma de Tully (Mackenzie Davis), el espíritu libre joven y excitante que contrata como niñera.

Las charlas con Tully se convierten en un ritual sanador para Marlo. El fuerte de la película son las escenas entre Charlize Theron y Mackenzie Davis, que forman un vínculo mucho más fuerte de lo explícito, y el realismo con el que el guion enfrenta la etapa menos glamorosa de la maternidad y la adultez. Theron es de por sí una gran actriz pero nunca más llamativa como cuando se carga, literalmente, la película en el cuerpo. Dior es su sílfide figura, Mad Max: Furia en el camino (2015) es ella pasada por barro y arena sin cabello y con un brazo de menos, Atómica (Atomic Blonde, 2017) son sus músculos contracturados, y Tully es la fofa figura de una tres veces madre que tiene, sus palabras, “venas en las venas”. Se ve convincente en cualquier cosa.

Dado que las dos actrices son excelentes y la temática tiene un enfoque fresco e interesante resulta tentador recomendar Tully como una (amarga) comedia dramática, pero por donde se lo analice el guión es mediocre (sobre todo cuanto más se desplaza hacia el terreno de lo fantástico) y está repleto de falacias que no resisten lógica. De entrada el rol de “niñera nocturna” no tiene sentido: Tully llega a casa por la noche y se queda velando al recién nacido. Dado que ella aún decide despertar a la madre para que lo amamante (en vez de alimentarlo con la leche que Marlo ordeña de sí misma y guarda al por mayor) el arreglo parece un despropósito absurdo. La historia en su totalidad depende de un despropósito absurdo y es difícil explicarlo sin arruinarla, pero tiene que ver con una decisión que Marlo toma al principio y en retrospectiva no tiene sentido.

Claro que la intención de Reitman y Cody es que el espectador desestime la (falta de) lógica interna de la película y se deje seducir por la atracción principal que es el dúo actoral. Tully está contada con una honestidad tan brutal que parece dar con varias verdades, y por momentos es graciosa y simpática, pero el guion está escrito de manera tan torpe y primitiva - un patrón que va empeorando con cada escena - que la película cae en el peligro de sabotear su propio mensaje con excursos poéticos burdos y un giro particularmente zonzo.

7.0

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