Emiliano Basile
12/05/2018 06:24

Jean-Luc Godard es amado en Cannes. Su figura mítica trasciende la pantalla y la calidad de su última película. Una reflexión política existencial sobre el mundo islámico parece ser la excusa para jugar con la forma audiovisual en línea con su anterior Adiós al lenguaje (Adieu au langage, 2015).

El libro de imagen

(2018)

El veterano realizador de 87 años, es el único sobreviviente de la histórica Nouvelle Vague que tan importante fue para la historia del cine mundial y para el festival de Cannes en particular, por definir una línea editorial de defensa a ultranza de un cine de arte y de vanguardia. Carátula de la cual no cabe duda, que Jean-Luc Godard es el padre absoluto. Y no importa mucho qué haga de nuevo, con que tenga algo más para ofrecer será siempre bienvenido.

Los tiempos de la vanguardia quedaron atrás y el cine de Godard entró en la marginalidad desde que comenzó a experimentar con la imagen de video. En El libro de imagen (2018) todo es reciclaje : la imagen, el formato de la pantalla, el sonido. Godard narra y escuchamos su voz salir de los diferentes parlantes de la sala Lumiere que cuenta con sistema Dolby 7.1

Su film está elaborado con residuos de imagen contemporáneas: guerras en medio oriente, videos caseros filmados con celular, fragmentos de películas clásicas, imágenes de noticieros. La intervención de ese material adquiere una forma audiovisual de pastiche constante que luego se fracciona, quiebra, doblega y vuelve a armar. Un mestizaje que fusiona épocas y decadencias humanas por igual.

Su discurso ideológico, político y existencial, es el mismo de antaño, sólo actualizado por una época que padece los mismos males del siglo pasado. El libro de imagen satura, produce hartazgo y se vuelve reiterativa. Saca al espectador de su lugar de confort acostumbrado a la estilizada imagen contemporánea, y lo confronta con retazos de un mundo paralelo que no está acostumbrado a mirar.

Sin embargo, el cine como discurso es un proyecto moderno que cayó en desuso y su intención didáctica termina jugando en contra a la película. La explicación está en la película de Michel Hazanavicius, Godard, mon amour (Le Redoutable, 2017), cuando cuenta que al estrenar La Chinoise (1967) su intento de homenajear al maoísmo no gustó ni siquiera a los maoístas que acusaron de “exceso de intelectualismo” al cineasta franco-suizo. Pero no importa, porque Godard es una leyenda, y basta ver algo de su obra para satisfacer al espectador que lo venera, cuestión que trasciende completamente a su última producción.

6.0

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