José C. Donayre Guerrero
21/04/2018 21:46

La coherencia del caos (2017), dirigida por Anahí Farfan, es un documental centrado en la figura de Luis Felipe Noé, pintor argentino que tiene entre sus entramados y creaciones artísticas el concepto del caos. El movimiento constante y la mezcla extravagante de los colores más diversos son la base para crear cada obra de arte, y la película hace un seguimiento detallado del trabajo en el taller. Haciendo una correcta y atractiva idea de retrato, en el cual el protagonista deja en claro todo su manifiesto personal.

La coherencia del caos

(2018)

La idea de retrato siempre resulta ser un reto fílmico. Principalmente es un documento que depende de muchos elementos, pero sobre todo de que el protagonista logre captar todas las expectativas y el filme jamás decaiga. Aquí el reto se percibe constantemente, pero tiene al artista como el encargado de darle la sobriedad y movimiento necesario para que el espectador se acople a su mundo. Su taller no solo es su lugar de trabajo sino el centro neurálgico de una manera de convertir su pensamiento en arte. Ideas de desorden, caos, movimiento imparable son los puntos desde donde surge su estilo, el trazo, el mundo ideal. Al mismo tiempo estamos ante un artista que se muestra ya consolidado con su trabajo. Su longevidad lo define por labor.

Resulta todo más atractivo cuando la película intercala entrevista con exposición o momentos de trabajo. Lo que Luis Felipe Noé dice escapa de caer en frases académicas, sino por el contrario todo es una idea de caos, el caos es su mirada de lo que hace. Como si el mundo exterior solo lo viera desde el caos. Una mirada neurótica que todo lo ve desde una sola obsesión. Para él, la mezcla de todo, el trazo a mano, las curvas, los círculos, lo indiscernible son su mejor medio para desenvolverse, y casi que el mismo artista se trata en tercera persona como un elemento más de su propia creación. Luis Felipe Noé, tiene 84 años y resulta un artista veterano que juega como un niño. Un prospecto surreal. Como Picasso en su taller o una especie de Elmyr de Hory en el sentido de que todo lo hace con exuberancia, placer y detalle. Está en plena actividad y conmueve seguirlo en cada paso. Sobre todo porque su oficio se define por las herramientas y técnicas peculiares que utiliza y eso es atrapante y seductor.

Lejos de ser una obra maestra, pues el retrato del artista siempre es una construcción difícil, pero aquí la película se enfrenta sobre eso y si bien tiene instantes de cierta parsimonia o lentitud que resultan propios de la construcción del relato, sabe lidiar y estar a flote. También es verdad que la composición de algunos planos resultan extraños propios más de la incertidumbre de seguir al personaje que podrían debilitar a la película, pero lo mejor que tiene es su artista. Y el “Portrait” queda muy bien esbozado, concreto y sublime. 

6.0

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