Rolando Gallego
18/04/2018 13:34

Verdadera proeza dentro del panorama de la producción actual, La película infinita (2017) se convierte en un documental imprescindible que rastrea obras malditas de la cinematografía nacional para ubicarlas en el lugar que merecen, o, al menos, permitirles que se exhiban donde tienen que ser vistas, el cine.

La película infinita

(2018)

Leandro Listorti, cual arqueólogo, estuvo durante años detrás de mitos y leyendas urbanas que atraviesan la producción fílmica local. Los proyectos perduran en la oralidad y en el rastreo de los mismos, es donde obtienen un sentido diferente más allá de la obsesión de la pesquisa.

Listorti los resemantiza, encuentra las latas con el fílmico y selecciona algunos fragmentos de películas configurando un nuevo relato, imposible, duro, áspero, pero que se ubica a en la categoría de evento dentro de la experiencia colectiva y cinematográfica. La edición de Felipe Guerrero (Oscuro animal), además, posibilita un juego en el que el espectador debe reconstruir la ruta y el camino hacia ellas, y detectar índices a partir de la utilización precisa y minuciosa de fragmentos inéditos de los films.

Obra abierta, entonces, la multiplicidad de significantes imposibilitan una lectura lineal y unívoca, transformando cada proyección en una nueva posibilidad. Como si fuera un “Elige tu propia aventura”, Listorti apela a un espectador con conocimiento, y si no fuese así quien lo encuentra, le ofrece algunos disparadores para que la infinidad de su película continúe luego de ser exhibida. Si se quiere una interpretación rápida, un procedimiento, de doblaje de algunas escenas por sus protagonistas, una mujer (Rosario Bléfari) que transita barrios y puertos de Buenos Aires, arma un escenario posible dentro las miles de posibilidades que se pueden llegar a presentar y pensar.

El hilo conductor de ese relato será la desaparición de alguien. Desaparición que funda el sentido de La película infinita, aun sabiendo que en ella nada está colocado arbitrariamente o al azar, pero que en la pérdida de presupuesto, de elenco, de financiación, terminaron momentáneamente con las películas. La continuidad de este nuevo relato puede provenir desde una caminata frente a cámara, un travelling, un sonido que nexa contextos, no materiales, o un destello de color en el lugar equivocado, pero que unifica la trama. Hay una obsesión por aquello que moldea la infinitud de la propuesta.

No son simples los proyectos con los que se nutre de materia prima el director. Y si Lucrecia Martel sobrevuela la película, por ejemplo, no es porque ella participe directamente de algún fragmento escogido, sino porque dos proyectos malditos, la interpelan y refieren desde la pantalla. El Eternauta (1968) de Hugo Gill y Zama (1984) de Nicolás Sarquís, fueron dos obras que la autora trabajó, en el primer caso la estuvo por adaptar y en el segundo finalmente, con todos sus obstáculos, pudo concretar. Ambos estuvieron perdidos, pero Listorti llegó a ellos, y los presenta, como un tesoro, un botín que también refiere a lo efímero de una industria que abraza y expulsa con la misma facilidad a aquellos que la integran sin permitirles terminar sus obras.

9.0

Comentarios