Emiliano Basile
21/03/2018 22:50

El doble es uno de los tópicos del cine de François Ozon: identidades espejo abundan en Joven y Bella (Jeune et Jolie, 2013), Frantz (2016) y Une nouvelle amie (2014). Pero nunca tal concepto fue desarrollado de manera tan gráfica como en Amante doble (L´Amant Double, 2017), mediante una chica que se involucra sexual y emocionalmente con dos hermanos gemelos, paradójicamente, muy diferentes.

Amante doble

(2017)

Chloé (Marine Vacth) padece un fuerte dolor en el vientre y su ginecóloga, en una inolvidable metáfora visual entre sexo y dolor -una vagina se funde en un ojo femenino del cual cae una lágrima-, le recomienda visitar a un psicólogo. Ella recurre al consultorio del doctor Paul (Jérémie Renier) de quién se enamora y comienza una relación. Pero Paul no le dice que tiene un hermano gemelo, y la curiosidad de Chloé deviene en obsesión sexual. Sucede que Paul es un hombre amable y encantador y su hermano Louis todo lo contrario. El trauma de Chloé la hace sentirse también atraída por el gemelo agresivo. Entre el Eros y el Thanatos deambula la protagonista.

Claro que la ambigüedad es materia habitual en el cine de Ozon, y nunca queda del todo explícito hasta dónde estamos ante una situación existente o inmersos en la subjetividad perturbada de la protagonista. Este último punto se muestra en las distintas salas del Museo de Arte Contemporáneo en el que trabaja Chloé: las obras van cambiando en función de su estado emocional representando sus sensaciones internas.

Ozon también utiliza -y por momentos abusa- de otras alegorías. La más evidente es el gato como un animal místico para el relato. Si hay un gemelo fuerte y otro débil, entonces uno asume la figura dominante del macho alfa, y no puede compartir territorio -el departamento- con el gato negro de ella. Su hermano, tiene uno de los pocos “gatos machos de tres colores” que existen: “Son criaturas únicas y monstruosas”, dice Louis en clara referencia a su condición de gemelo. No sólo los gatos, también habrá mención a Antígona y Orfelia, las figuras trágicas griegas, y una composición de imagen que destaca a uno u otro personaje (de izquierda a derecha del plano, por fueras de foco o por una iluminación en contraluz), según quién ejerza el rol de dominante en la escena.

Ozon juega con estos y otros datos de su estructura policial (ella investigando el misterioso pasado de su amante) dando vueltas de tuerca a la trama e intercambiando roles en sus personajes, quizás en demasía hacia el final, rozando el inverosímil en varias situaciones. Con efectistas escenas de contenido erótico, entre pulsiones sexuales y peligro constante de muerte, equilibra estas falencias argumentarles de la trama.

Después de la convencional Frantz era lógico que Ozon vuelva sobre sus obsesiones personales: La configuración de la identidad, la perversión sexual como elemento propio de la condición humana, y la idea del doble son denominadores comunes de su cine, aquí llevados a límites imposibles que le juegan en contra a la historia. Sin embargo, tiene la suficiente habilidad como para darle un estilo poético y visual al relato, y la vez dotarlo de un misterio cautivante.

8.0

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