Juan Cruz Bergondi
14/03/2018 11:38

Una película madura, con tantos matices como tiene Custodia compartida (Jusqu'à la garde, 2017), podría ser la corona en la carrera de un director. Y sin embargo aquí Xavier Legrand firma recién su ópera prima.

Custodia compartida

(2017)

La Justicia, en lugar de la verdad, busca dar con el relato más convincente. Hay que construir una opinión, ¿pero de qué manera? Piedra sobre piedra sin perder de vista que hasta el polvo tiene algo que contar. Por lo cual la linealidad se convierte en el escenario perfecto. Y al parecer no basta con que la mujer diga mi marido me pega, el padre de mis hijos es violento con ellos y me pega, porque las palabras que salen de una boca, para la jueza que debe decidir si la custodia se comparte, valen lo mismo que las dichas por aquel otro. Lo que importa es suministrar pruebas, sumar voces, apilar firmas de los que saben: así se estructura un buen relato.

En el caso de la ópera prima de Xavier Legrand, la ley le da la derecha a Antoine (Denis Ménochet), el padre. Junto con Miriam (Léa Drucker) tienen a Julien (Thomas Gioria), todavía pequeño, y a Josephine (Mathilde Auneveux), a punto de ser mayor de edad. El argumento que se esgrime es que Julien –por más que en su declaración quede claro que no desea tener ningún contacto con el padre- no puede crecer bien sin la vigilancia de Antoine. La naturaleza –o lo que es natural por imposición- está escrita por varones, garantes del control y del orden. Todos merecen una oportunidad, parece querer decir el inicio de esta película que, con sencillez, va directo al hueso y, conforme avanza la proyección, teje los hilos para correr al espectador de lugar y convencerlo de que a la violencia doméstica hay que medirla con otra vara porque de un momento a otro la tragedia tira la puerta abajo.

Por más que Miriam y sus padres –los suegros de Antoine- no quieran ni quiera Josephine, por más que Julien acuse estar enfermo, el padre tiene derecho a pasar un fin de semana sí y otro no con su hijo. ¿Qué culpa tiene Antoine? Miriam le niega su teléfono y le esconde que se mudaron de casa. Antoine por su parte ocupa todo el plano. Cuando lo comparten con Julien parece que el espacio se agotara: no circula aire en la camioneta con que lo pasa a buscar cuando están los dos sentados. Hasta que alquile algún lugar, Antoine se queda en los de sus padres, quienes disfrutan de poder ver al nieto. Su abuela paterna cocina y le da regalos –los que no le podía dar antes porque Miriam le prohibía tener contacto. ¿Qué culpa tiene la abuela? Su abuelo paterno lo invita a ir de caza. Almuerzan con pocas palabras y ante cualquier negativa o si las cosas no suceden como espera, Antoine de a poco pierde la paciencia. Está obsesionado con recuperar lo que perdió: en especial su matrimonio. Y lo que falla es su estrategia justo porque no tiene ninguna. Antoine desea y lo que desea pretende alcanzarlo como por arte de magia: yo ya cambié, dice. Y a uno le cuesta creer que es mentira, le cuesta juzgar esos ojos claros de párpados caídos, el cuerpo enorme cansado. El acierto de Custodia compartida reside en su humanidad, en su falta de juicio. Nadie es nada de antemano, por lo que Xavier Legrand otorga el beneficio del tiempo: que a la larga caigan las evaluaciones.

Después, el deslizamiento que se da merece un aplauso de pie porque el machismo institucionalizado –que también muchas películas coincidieron en internalizar- provoca en principio cierta inquietud sobre por qué tanto rechazo, por qué no dejar que el pobre tipo esté con sus hijos, por qué no hablan bien de él para que cambie su imagen, para que las cosas se recompongan. Pero no, todos esos detalles que pueblan la dirección de los actores –esa tosuda imposibilidad de mirar a los ojos a Antoine- son signos que habrá que recoger en algún momento. El espectador debe estar atento –lo mismo que exige ese pitido insoportable al recordar en la camioneta que no se pusieron el cinturón de seguridad-: el miedo quizá esté justificado. Y a medida que haya menos y menos aire, Antoine va a pensar menos y menos antes de actuar. Cuando parece que se anda en círculos, la espiral empieza a cerrarse, y la violencia –que siempre estuvo latente y podíamos, de manera equivocada, perdonar en la medida en que no pasaba a mayores- debería haberse cortado de raíz.

La última parte de la película es un thriller que, para transitarlo, pide aferrarse a las butacas. Xavier Legrand no sólo tiene un pulso envidiable y un futuro más que promisorio: pinta tan bien este presente complejo que parece simple narrarlo. Si la primera parte tiene ecos de los hermanos Dardenne, con la segunda tuerce el recorrido, sorprende y llena de vitalidad. La película, si tuvo un programa, lo desbordó y, sutil, se mudó de género al final: ojalá haya más obras así en el futuro, capaces de evitar que la mirada se acostumbre. El espectador prefiere dudar de qué lado estaba tanto como si era en realidad un sueño que se tornó pesadilla o siempre fue un horror que antes no se dejaba ver. Desplegar todos los colores es borrar también la culpa del mundo de los hombres, y esto no quiere decir que no haya condena –porque la debe haber- pero sí que condenar no es tan fácil –aunque hay casos y casos- y una solución posible es tomar más precauciones. De cualquier forma, se intuye que algo huele mal en la Justicia y, desde luego, en el sistema: unos deciden y, tras lavarse las manos, quedan sólo los humanos, que al fin y al cabo, sujetos a unas reglas tan viejas como estúpidas, deben padecer y vérsela entre sí cuando en realidad algunas desgracias podrían prevenirse.

9.0

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