Juan Pablo Russo
23/01/2018 00:33

Hay películas en las que uno tiene la sensación de que el director tomó todas las decisiones incorrectas hasta llegar al punto de arruinar una obra que a priori tenía todo para al menos ser correcta. En El último traje (2017) sucede algo de esto. Un guion demasiado forzado y efectista que cae en la inverosimilitud y una banda sonora innecesaria para remarcar imágenes que hablan por sí solas logran que una buena idea desencadene una historia fallida.

El último traje

(2017)

La historia de El último traje narra el regreso a Polonia del nonagenario Abraham (gran trabajo de Miguel Ángel Solá), un judío que huyó de un campo de concentración nazi y se afincó en Argentina donde formó una familia. Abraham hizo una promesa antes de partir de su ciudad natal y que está dispuesto a cumplir sin importar el precio.

Con una producción sorprendente, filmada en cuatro países y con flashbacks de la guerra, El último traje está estructurada como una road movie que muestra el derrotero de Abraham en ese viaje conclusivo al final de su vida. Pero la historia se enfrenta a diversos problemas, sobre todo narrativos –algo que sorprende viniendo de un experimentado guionista como Solarz-, que la vuelven inconsistente ante la falta de verosimilitud de todas las subtramas derivadas del conflicto central, situaciones tan forzadas que dan la sensación de que el autor no supo resolver de manera natural y mucho más fluidas. La escena en que Abraham le da el pasaje de ida y vuelta al personaje de Martín Piroyansky es el ejemplo más claro, aunque dentro de esta línea sigue el hotel vacío de Madrid, el robo en la habitación, el encuentro con la hija, el dilema de pisar o no suelo alemán…

Otra de las fallas de El último traje es el uso de la banda sonora hasta el hartazgo, se nota una falta de confianza en las imágenes, los diálogos, los silencios y los actores al punto de tener que apelar a un recurso tan obvio para provocar algún tipo de efecto en el espectador. Un error que termina de arruinar la película.

Entre los aciertos, aunque menores, hay que destacar la actuación de Miguel Ángel Solá, un personaje que más allá del maquillaje y lo inverosímil de sus diálogos y acciones se vuelve creíble y querible, algunas escenas de la guerra bien resueltas a través flashbacks, y los pasos de comedia que desarticulan las situaciones dramáticas, aunque no mucho más.

El último traje tal vez hubiera sido una película interesante, con un tema no muy tratado en el cine argentino, buenos actores, y una producción atípica, pero no fue lo que sucedió. Sino todo lo contrario.

5.0

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