Benjamín Harguindey
10/01/2018 01:12

En sus mejores momentos Pequeña gran vida (Downsizing, 2018) se parece a una novela de Kurt Vonnegut, contemplando la inminente autodestrucción de la humanidad desde la perspectiva - cómica, absurda, melancólica - de un ejemplar patético. En sus peores momentos la historia parece desenfocada e impacienta: constantemente se está transformando en otra cosa. Si le tenemos paciencia, la sumatoria no decepciona.

Pequeña gran vida

(2017)

La premisa está tomada de la ciencia ficción: en un esfuerzo por combatir la superpoblación mundial y aliviar los males del planeta, un laboratorio noruego desarrolla un método para reducir al ser humano a 12 centímetros de estatura. Reducir a una persona es reducir, relativamente, el consumo de espacio, de alimento y de recursos no renovables. La idea pronto se comercializa en forma de micro utopías donde todos son millonarios porque las mansiones son literalmente maquetas y una gota de champán llena una botella.

La propuesta atrae a mucha gente sin nada que perder y con ánimos de la buena vida (nadie se cree el pretexto de ayudar al planeta), entre quienes contamos al infeliz Paul (Matt Damon). Rendido ante un futuro mediocre, decide reducirse y mudarse a una pequeña utopía donde todos viven en mansiones y la vida es una eterna degustación de placeres.

En principio Pequeña gran vida es una comedia visual, y los efectos especiales son particularmente efectivos porque son prácticos y dependen del trucaje. Dirigida por Alexander Payne y escrita por Payne y Jim Taylor, la película muestra con creatividad e ironía cómo se reproduce una vida lujosa en un nivel miniatura. Naturalmente esto se transforma en sátira social, dado que estas micro utopías - esencialmente barrios privados - no hacen más que manufacturar realidades contradictorias y el sistema clasista no demora en replicarse. El desenlace cambia la marcha de nuevo y propone otra solución al paradigma de la autodestrucción humana.

Si la película a veces parece lenta y divagante es porque Paul no es un protagonista muy compenetrado con lo que le ocurre. Funciona más como observador y testigo todo terreno, su identidad tan difusa que es capaz de codearse con la alta sociedad de nuevos ricos tanto como con la clase trabajadora que los mantiene, dependiendo la circunstancia. Se comporta como alguien incapaz de tener ideas propias, viviendo imitando a los demás sin gran convicción (parte de la crítica social de Payne y Taylor). Se deja convencer por viejos amigos de “reducirse” y cuando el materialismo no rinde, se deja llevar a una vida de hedonismo en imitación de su flamante vecino (Christoph Waltz, nunca más pícaro, acompañado triunfalmente por Udo Kier).

Eventualmente Paul se deja contagiar por el altruismo de una mujer de limpieza vietnamita (Hong Chau), quien además sirve de posible interés romántico y representa el punto de la película donde empezamos a extrañar la parte divertida y nos preguntamos hacia dónde lleva todo esto, más allá del mensaje obvio y moralizante. El final pone a los personajes en la carretera - Payne es incapaz de hacer una película sin ella; sus personajes siempre están en la búsqueda de algo intangible y difícil de encontrar después de todo - y la película, afortunadamente, termina encontrando su centro.

Más allá de las diferencias de tono y estilo, Pequeña gran vida representa el buen tipo de ciencia ficción que funda la base de películas como La llegada (Arrival, 2016): historias sobre temáticas urgentes que utilizan el género para especular libremente, explorando todas las preguntas que destapan con creatividad, entusiasmo y curiosidad.

8.0

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