Juan Pablo Russo
05/12/2017 17:06

Luego del premiado corto Las arácnidas (2015) el venezolano radicado en Argentina Tom Espinoza debuta en el largometraje con Arpón (2017), un drama social con impronta de thriller que bucea sobre las vidas de dos seres de diferentes generaciones, que buscan pertenecer (con toda la ambigüedad que ese verbo implica) sin importar las consecuencias.

Arpón

(2017)

Arguello (otra impecable actuación de Germán de Silva) es el director de un colegio secundario en Berazategui cuya principal cualidad es el autoritarismo. No tiene ningún prurito a la hora de revisar mochilas casi a diario, tomar bruscamente a los alumnos de un brazo o agredir verbalmente a un colega. Cata es una alumna de 14 años a la que un día le encuentran una jeringa con una especie de líquido que se inyecta en los labios para lograr un mayor grosor. Un accidente en el río, una madre ausente y la obligación de hacerse cargo de la muchacha pondrá a ambos personajes en una situación límite que cambiará sus vidas para siempre.

En los primeros minutos la cámara sigue a Arguello, lo acosa desde atrás, interpelando sus acciones autoritarias, sus agresiones, generando en el espectador una apatía que más tarde se repetirá con Cata. Es en esa forma de presentar a los personajes y de alejarlos de toda condescendencia con el espectador, molestándolo ante la ausencia de carisma, que la historia se vuelve creíble ante situaciones que pueden dar la sensación de inverosímiles. Hay una incomodidad manifiesta.

Espinoza ancla el relato en aparentes opuestos para hablar de dualidades. Dos generaciones que enfrentan los mismos problemas es el eje de un relato del que se desprende un abanico de temas que abarcan desde la trata de personas, las adicciones, el culto a la belleza, la pedofilia, la falla del sistema educativo, el despertar sexual, el abuso de poder y el abandono, y es en ese afán de querer hablar de todo donde Arpón pierde. La historia, en vez de potenciarse, va haciéndose cada vez más endeble y esa fuerza arrolladora del principio se vuelve volátil.

Sin ser una obra compacta, y pese a sus vaivenes, Arpón, al contrario de sus personajes, no tiene la necesidad forzada de encajar dentro de un sistema cinematográfico que muchas veces se repite. Y esa diferencia hace de Espinoza un director a tener en cuenta.

6.0

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