Juan Pablo Russo
20/11/2017 18:14

Como en su película anterior El blanco afuera, el negro adentro (Branco Sai. Preto Fica, 2014), ganadora de la Competencia Latinoamericana del Festival de Mar del Plata, en Era uma vez Brasília (2017), el brasileño Adirley Queirós busca romper con todos los estereotipos de la ciencia ficción y reinventar el género al extremo de lo inclasificable.

Era uma vez Brasília

(2017)

Queirós ambienta la trama en el presente distópico de las ciudades de Brasilia y Ceilandia dominadas por la crisis política real que destituye a Dilma Rousseff y nombra como presidente a Michel Temer. La película empieza con el discurso que la presidenta destituida brinda el 1 de enero de 2015 y finaliza con el que Temer lee el día de su asunción. Ambas ciudades no son elegidas al azar. Brasilia, una capital artificial, con una arquitectura moderna, casi futurista, y Ceilandia, una ciudad periférica, opuesta en todo sentido. Dos puntos neurálgicos del país que sirven como diferentes sedes, una para el gobierno y otra para presos políticos.

Era uma vez Brasília es un hibrido posmoderno que combina todos los elementos posibles y donde Queirós no ahorra recursos narrativos ni visuales. Describirlo resulta imposible, podría definirse como un acto cinematográfico perfomático de resistencia política frente a la violación del estado de derecho a través de una narración fragmentada que juega con los géneros y las formas.

La incomodidad a la que somete Queirós al espectador es un riesgo que asume sistemáticamente con escenas de planos fijos que se extienden en el tiempo con actores que miran a cámara fijamente sin emitir palabra alguna. Casi la misma que sufren los pasajeros reales de un tren al descender y encontrarse con una fila de presos en el andén sin saber que está sucediendo.

7.0

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