Rolando Gallego
08/11/2017 14:43

Hay algo que transmite La familia Monster (Happy Family, 2017), propuesta animada dirigida por el alemán Holger Tappe, en una de sus primeras escenas, y es su cercanía con aquel cine hollywoodense de la era dorada del musical, en donde el baile posibilitaba la utilización de diferentes tópicos para construir tramas pasatistas y simples, con gran repercusión en las audiencias y taquillas.

La familia Monster

(2017)

Si bien, claro está, La familia Monster no es una obra musical, sus posibilidades expresivas a partir de la música y el despliegue audiovisual, suman a la propuesta un aire indefinido hasta que la trama comienza, por sí sola a despistar y tratar de enseñar la manera de manejarse en un grupo familiar, dejando de lado el tópico inicial.

Producto pensado para los más pequeños, aquellos que en la confusión con Hotel Transylvania (2012)- los personajes son los mismos- creerán ver una entrega más de la saga de Sony con vampiros, hombres lobos, momias y más, pero no, esta es una historia inspirada en el cuento “Happy Family” de David Safier que busca, desde un primer momento, adoctrinar y educar en el “buen trato” dentro y fuera del hogar.

El guion comienza a zozobrar en el intento de conceder otra identidad a los clásicos monstruos, aggiornando su relato a los tiempos que corren, sumando la obsesión por la tecnología, el aislamiento, la proliferación de redes sociales, el bullying, moving y más.

En el arranque Jason Isaacs le pone la voz y la impronta a un Conde Drácula festivo, alegre, con ritmo, el que rápidamente pasa a convertirse en un ser oscuro cuando intenta cumplir, a toda costa, su objetivo de que una mujer humana lo ame. Cuando por equivocación Drácula contacta a Emma (Emily Watson), y la invita a un festejo en familia en el que no sólo serán los únicos disfrazados, sino que, principalmente, quedarán con las características de un siniestro hechizo que se desprende de su “infelicidad”.

Entonces ahí La familia Monster comienza otro relato, uno en el que ese grupo familiar, que acepta a regañadientes ir a la fiesta de disfraces, debe aceptar el presente en el que la desconexión, la falta de empatía con el otro, y, principalmente, la tecnología como generador de ausencias, lleva a un camino obvio y predecible de enseñanza.

La animación poco realista, como así también la inconsistencia entre ese arranque con Drácula y sus tres asistentes (murciélagos) buscando el verdadero amor, y una fábula con moraleja en cada escena, configuran un cocoliche que aburre más que entretener.

Ni siquiera el potente cast (en su versión original, acá llega doblada) puede revertir la simpleza de la trama y los estereotipos con los que trabaja, motor de la narración, como el padre desempleado, la madre empoderada, el niño víctima de burlas y la adolescente que se rebela sin saber siquiera porqué.

En vez de jugar con los temas, los personajes y las miles de posibilidades que la animación hoy permite, La familia Monster se pone castrense, y baja línea en cada escena, esperando que el espectador asuma un rol de juez y que termine castigando a aquellos que sólo piensan en sí mismos, en el ocio tecnológico como única vía de escape de la realidad, y que en el cuestionamiento de la familia como posibilidad de construcción identitaria, sólo alimentan aún más las posibilidades expansivas del control sobre los individuos.

4.0

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