José C. Donayre Guerrero
16/10/2017 17:20

Cámara oscura (2017) presente en el 17 DOCBuenos Aires, es una obra peculiar y atractiva por su extraña y sombría estética a partir de un hecho repetitivo. Casi que podría hablarse de una obra experimental pero también, se trata de un pequeño documento, un ensayo que, bajo un neutral blanco y negro, habla sobre el soporte elemental de la imagen y de la enorme relación entre fotografía y pintura. 

Cámara oscura

(2017)

Desde el inicio tenemos al propio director Javier Miquelez como el protagonista que vive en lo alto de la ciudad y desde ahí se obsesiona con una imagen impresa en un papel. La misma la fotografía con una cámara digital para luego subirla a una computadora. Entonces toma una cámara analógica para sacar una foto de la foto pero apuntando a la pantalla. Luego revela el rollo fotográfico mostrando todo el viejo proceso químico para finalmente ver como proyecta, a través de diapositivas, el material en una pared. Lo proyectado lo calca en una cartulina desde la misma pared y de ahí pinta un cuadro de la imagen que ya vimos. Al final toma nuevamente su cámara digital y vuelve a fotografiar el cuadro pintado por él mismo.

Sin mucha trama ni diálogo alguno, la película trabaja sobre lo concreto. Sin duda que es arriesgada pero hecha con la misma precisión de las acciones que vemos que realiza su realizador. Una iluminación y dirección artística impecable que van a servir para lo que plantea. El movimiento circular, sumado a su aire de estética expresionista, convierte a esta película en un postulado filosófico sobre el arte. Nos recuerda lo que decía el pensador alemán Walter Benjamin sobre lo que sucede con las imágenes en la era de la reproducción técnica: La misma ya deja de ser una imagen con un valor concreto. Se termina la singularidad que envolvía a la pintura en sus origines, y entonces las imágenes ya no tienen un lugar concreto ni aura que las rodee. El soporte con la tecnología las va mutando y entonces la imagen se vuelve algo abstracto pues ¿Dónde está la imagen original? ¿Y dónde está el individuo que la captó originalmente? En esta película el protagonista empieza tomando una fotografía y después cambia el soporte. Así nos preguntamos donde quedó la imagen inicial. Al parecer solo tenemos soportes que se van pasando nuestras imágenes. Pero la idea de “imagen” tangible se desvanece aunque visualmente esté más presente entre nosotros.

Por otro lado, es una película que trata de hacer tangible el tiempo. Pasar la imagen de un soporte a otro requiere del paso del tiempo y nada mejor que, para hablar de eso, mostrarlo a la ciudad siempre esquemática y repetitiva. Una idea interesante que hace estemos ante un gesto vanguardista. Hace que una mirada fantasmal o enrarecida comience a mostrar otras caras de aquello que sería común y rutinario. Algo que en su tiempo hacía el expresionismo, salvando las diferencias que aquí se trata de evocar algo natural, pero sin dejar de hablar sobre el arte.

Es cierto que su estética fija y su parsimonioso desarrollo podrían generar cierto desapego por parte del espectador. Ser arriesgado puede generar que quien observa caiga en cierta dispersión y desamparo ante una trama tan concreta y directa, y a la vez enmudecida, pero al final, no puede negarse el valor de su atractivo postulado.  

6.0

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