Mariano Cervini
12/10/2017 14:10

Cuando una película es buena, la trama se desliza como el pan en la manteca. El maridaje narrativo entre guión e imagen se consolida cuando el resultado final es una película como Un minuto de gloria (Slava, 2016). Lo que parece tan sencillo como una historia simple y bien contada aparece en los ojos del espectador apenas comienza a seguir los pasos de Tsanko Petrov (Stefan Denolyubov), un trabajador de ferrocarril que se encuentra un millón de levs - algo así como 500 mil dólares- y decide devolverlos.

Un minuto de gloria

(2016)

En un mundo viciado por la codicia, el éxito inmediato y las decisiones a favor del capital, ese gesto se convierte en una doble entrega. Por un lado, la actitud noble del personaje sirve para desenterrar la leyenda del honor búlgaro que se ahoga en el mar de burocracia y personajes que intentan quedarse con todo; hasta con las buenas acciones de un ciudadano.

Por otro, una posibilidad del personaje principal, llevado en gran nivel actoral por Denolyubov, de encontrarse a sí mismo y seguir siendo fiel a sus principios. Un minuto de gloria es un intento de recuperar la dignidad perdida.

No sólo la del personaje principal, sino la de toda una sociedad corrupta. Una metáfora de cómo el mando político se desmarca y condena las buenas acciones con tal de no quedar pegado en la honestidad del ser humano.

Los directores Kristina Grozeva y Petar Valchanov (La Lección, 2014) destilan una profunda acidez en el guión que envuelve la trama de un sentido del humor bien elaborado para castigar el capitalismo deshumanizado de una sociedad perdida.

Personajes tan amigables y estrafalarios como crueles y sin amor se cuelan en el rizoma tragicómico de un universo que suena muy cercano a cualquier latinoamericano que conozca un poco del accionar corrupto del cóctel burocracia, política y medios de comunicación. Acompañan en buena sintonía actoral los principales, Margarita Gosheva, en el personaje shakespereano tragicómico de Julia Staykova, Kitodar Todorov (Valeri) y Milko Lazarov (Kiril Kolev). Un despliegue interesante de todos ellos, que hace pensar seriamente en los productos comerciales y la poca difusión del cine más allá de la europa clásica.

La trama dura de humor negro -que no deja títere con cabeza- por momentos peligra con caer en una dicotomía de personajes buenos y malos que desplaza el eje principal. Sin embargo esa falta de grises muy acentuada se comprende al desembocar en un final que acomoda los tantos y no deja dudas. Una cita anónima que se extendió en el tiempo dice que cuando nacemos ya sabemos llorar y que venimos a la vida para aprender a reír. El humor despiadado de Un minuto de gloria puede servir para continuar ese aprendizaje, pero también avanza un poco más y no sólo deja sonrisas sino que también interpela sobre las cosas que realmente importan en la vida: valores humanos como la solidaridad y la bondad.

8.0

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