Ezequiel Obregón
08/07/2017 14:55

El trabajo de Peter Braatz se concentra en la génesis de una película de culto: Terciopelo Azul (Blue Velvet, 1986), uno de los primeros films del gran David Lynch.

Blue Velvet Revisited

(2016)

En 1985, Peter Braatz (un alemán de 22 años) le pidió una entrevista a David Lynch, quien le ofreció algo mucho mejor: visitar el set de Terciopelo Azul y convertirse en un testigo privilegiado de la “cocina” del film. Para aquel entonces, Lynch ya se había forjado un público propio -pero aún menor-, gracias a su radical ópera prima Cabeza borradora (Eraserhead, 1977). Luego llegaron El hombre elefante (The elephant man, 1980) y la fallida Duna (Dune, 1984), proyectos que hizo por encargo. A partir de su opus cuatro, Lynch marcó a fuego su sello autoral y lo fue perfeccionando. Una tarea que, a juzgar por su híper comentada Twin Peaks. Tercera parte, no detuvo nunca más.

Blue Velvet Revisited (2016) se concentra con detenimiento -31 años más tarde- en la obra de Lynch, pero con marcas lo suficientemente nobles como para no ser subsumida por ella. El registro del rodaje en súper 8 no sólo empatiza con aquel film, sino que además permite su cohesión con las fotografías en blanco y negro (jamás “decorativas”) que se dispersan por todo el metraje. Imágenes de marcada voluntad autoral, como si se contaminaran con el espíritu lyncheano. Se percibe un trabajo meticuloso en la creación de este documental, en donde también colabora la sugestiva banda, plena en un aura de misterio, la singularísima voz de Lynch que dialoga con el making off y las voces de los intérpretes (conscientes de la genialidad del realizador). Por otra parte, la captura del rodaje opera como un efecto de doble extrañamiento; momento en el que se captura el elemento primigenio, integrante de una totalidad que lo enrarece y lo resignifica. Por eso, este film será mucho más apreciado por los que vieron varias veces la película.

Construido con retazos, Blue Velvet Revisited tiene la habilidad de mostrar un proceso, que no se entiende como una línea de montaje sino como un espacio de creación en donde conviven la inspiración y las herramientas, el cálculo y la pasión. Percibimos un “sistema Lynch”, no por su cualidad programática, sino por su capacidad de pensar al objeto artístico desde una totalidad que se perfecciona y se vincula con el guión, lo escenográfico, las marcaciones actorales, el sonido, etc., pero también con lo aleatorio. Todos esos elementos ya estaban en Terciopelo Azul, película en donde la inocencia aparece atravesada, lacerada (recordar el comienzo, con esa oreja en medio del pasto) por lo siniestro; aquel terreno en donde Freud construyó buena parte de su teoría del subconsciente y en el que David Lynch volvió una y otra vez.

8.0

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