Rolando Gallego
07/05/2017 10:55

Aparentemente Gustavo Fontán quería cerrar su ciclo de trilogías sobre el río con El limonero real (2016), pero en el proceso de realización se topó con Héctor Maldonado, el protagonista de El día nuevo (2016) e inevitablemente decidió generar un nuevo apartado de películas en las que nuevamente el agua sea esencial, a las que las decidió llamar “Ciclo de las Distancias” y en donde la separación, generadora en muchos casos de abismos, sea excluyente.

El día nuevo

(2016)

El día nuevo es la primera propuesta de esta nueva etapa, un film que comienza con planos sobre el espacio que habita Maldonado, un lugar marcado por el río, la pesca, los animales y el sobrevivir día a día sin pensar, aparentemente, en qué sucederá horas después. El nuevo día, o día nuevo, al que alude el título, refiere al recomenzar un camino en solitario tras una separación imprevista.

Mientras la narración visual avanza, la habilidad del director radica en construir una comunicación entre las escenas presentadas y la voz en off de una mujer, que cuenta el proceso de una separación, permitiendo, en la asincronía, potenciar el despliegue de ideas y pensamientos sobre el hombre y su identidad, sobre una ruptura, pero también sobre las posibilidades de reconstrucción.

“No voy a volver” dice la mujer, y Maldonado rema en su pequeño bote en busca de alimento para él y sus animales, desanda los pasos de su rutina, aquella que le permite aferrarse a sus recuerdos, en un espacio donde sólo queda lugar para la resiliencia inconsciente, para una pocas cosas, y para tratar de vivenciar los días de otra manera. Fontán repite en pantalla las acciones, todo el tiempo, despertarse, trabajar, dormir, el día nuevo puede ser el día después, o los subsiguientes, u otros, o todos los días del universo de Maldonado ahora en solitario.

El director continúa con varios de los procedimientos desplegados en sus anteriores producciones, con una plástica más austera, enfocada en ocres que tiñen la historia, y además renuevan su construcción visual, ahora acompañando y envolviendo desde la misma superficie, el río, al protagonista. No importa ya si las imágenes son desprolijas, sólo el saber que el director está ahí para dar testimonio.

Hay muchas escenas así, Maldonado caminando, la cámara lo toma de espaldas y deja que se pierda en su trabajo, en descamar peces, en limpiar la mesa de cocina, en lavar y descolgar ropa, en acostarse a dormir y no poder conciliar el sueño. Y entre la disociación de imagen y sonido, la gran apuesta de El día nuevo, además, es convencer al espectador para que reconstruya, lentamente, la pérdida de Maldonado y las ideas que sobre éste tiene su ex mujer.

Hay algo del tiempo que se fue, y de la posibilidad de volver a rearmar cronológicamente los hechos que llevaron a la soledad del hombre, porque el relato va y viene, como también la narración en off, disociada del presente, pero también de su propio contexto, porque el protagonista decide continuar andando sin mirar atrás, y la mujer también, con una idea precisa y clara del porqué de su huida, la que tal vez no es tan concreta para el pescador, pero sí para Fontán que potencia cada imagen que vemos de él y su espacio.

El contraste entre el habla, por un lado, y del presente en solitario, por el otro, también permiten inducir una mirada sobre las relaciones, un tanto afectada por sentimientos de desarraigo, en un caso, y de profunda retracción amorosa, en el otro. Sólo Fontán podía crear esta película de ruptura y de desamparo, de desazón e incertidumbre, pero también de posibilidades, de seguir adelante ante la inevitable y dura realidad de saber que ya no se tiene al ser amado, y así y todo, encarar el día nuevamente.

8.0

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