Rolando Gallego
29/04/2017 19:20

Un personaje enigmático y rico, y una realizadora que es consciente de esto, terminan por potenciar el hilo narrativo del biopic documental Salvadora (2017), de Daiana Rosenfeld, que desanda los pasos de Salvadora Medina Onrubia, anarquista de principios del siglo pasado y una revolucionaria por donde se la mire.

Salvadora

(2017)

Salvadora maneja tres líneas narrativas, cada una con el mismo peso, y que, en su conjunto, potencian visualmente el relato. Por un lado Daiana Rosenfeld no quiere dejar fuera la entrevista testimonial, por lo que llama a referentes como Silvia Saítta, investigadora experta en la historia del diario “Crítica”, de Natalio Botana (y de quien Salvadora fue mujer) para analizarla. Por otro lado busca en el archivo la posibilidad de anclar visualmente hechos y acontecimientos claves en la vida de la protagonista, jugando no sólo con las imágenes, sino principalmente, con titulares de diarios y hasta la propia prosa de Salvadora Medina Onrubia. El último punto trabajado es la recreación, en la que se arriesga enriqueciendo la apuesta con una Salvadora imaginaria que devela su historia en textos originales narrados en off e “ilustrados” con paisajes, detalles del hogar, naturaleza, etc. Estas imágenes son de un cuidado y una belleza únicos. Entre el trío Salvadora avanza, y la inmersión del espectador que logra, hipnótica por momentos, termina por conjugar un testimonio inmenso sobre una época y la avanzada de esta mujer sobre la misma.

Anarquista, dramaturga, luchadora, Salvadora Medina Onrubia reflejó un espíritu de época adelantándose al suyo, y Rosenfeld sabe de ese avant garde, de ese ir más allá a pesar de todo, y se apropia de la figura para devolverle el rol de mujer.

Salvadora habla de dolores (el suicidio de su hijo), de luchas (salir adelante con su primer hijo), del quiebre del rol establecido de la mujer de época, y sale del lugar común que la ubicaba en los libros únicamente como la mujer de Botana. Porque Salvadora fue mucho más que la “mujer de” y en este documental, que recupera su voz, se termina por homenajear y dar lugar al potencial propio que tenía y sigue teniendo, dejando de lado sus avatares amorosos, que fueron tan sólo un capítulo más de su apasionante vida. Y en la decisión de potenciar esta idea, el documental avanza, transitando momentos en la vida de Salvadora que significativamente permiten conocer algunos hitos, pero también la necesidad posterior de volver a su poesía y dramaturgia para recuperarla.

Justamente la clave de la realización es la de poder disparar ideas sin tregua, advirtiéndole que en Salvadora hay una riqueza que no se terminaría nunca de explicar en imágenes en la pantalla. Allí el cine cumple una función pedagógica, pero no ilustrativa, al contrario, más bien un rol complementario de la posterior acción que cerrará el círculo con la búsqueda de más material una vez terminada la proyección. “El anarquismo no es un movimiento político es un estado espiritual” escribió en alguna de sus miles de manifestaciones, definiéndose como un ser político atravesado por otras vicisitudes, pero que nunca la alejaron de ser lo que llegó a ser.

Rosenfeld, quien dirige por primera vez en solitario, utiliza la frase en un momento clave del relato para posicionar aún más a Salvadora como animal político, como mujer ávida de expresión y como testimonio de la historia, figura única en la organización del anarquismo en Argentina y que Salvadora recupera de una manera clásica y potente, dejando un legado y preguntas para aquellos que se acerquen a verla.

8.0

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