Ezequiel Obregón
26/04/2017 22:53

El notable realizador de Irma Vep (1996), Los destinos sentimentales (Les destinées sentimentales, 2000) y El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), entre otras, entrega con Personal Shopper (2016) un relato sobre los fantasmas que se niegan a desaparecer, en tiempos en donde la fugacidad y los vínculos virtuales imperan.

Personal Shopper

(2016)

La comunión que se establece entre la cámara y la figura de Kristen Stewart es de esas que van más allá de la fotogenia (cualidad que, por otra parte, adscribe tanto a las mejores películas como a las más elementales publicidades). Olivier Assayas lo sabe. Y tal vez por eso (y porque, además, la ex chica “Crepúsculo” es buena actriz) decidió convocarla para su último film, por el que ganó el Premio al Mejor Director en el último Festival de Cine de Cannes. Tras haberla dirigido en El otro lado del éxito en un rol importante, pero co-protagónico (allí también estaba la estupenda Juliette Binoche), era hora de explotar ese romance con la imagen cinematográfica en un film que, paradójicamente, hace de la ausencia su razón de ser.

En Personal Shopper, Stewart interpreta a Maureen, quien trabaja precisamente de eso: es la asistente de compras de una celebridad ególatra y poco amable, que la manda de un lado a otro en búsqueda de joyas y ropa en las mejores tiendas. Maureen hace su trabajo con solvencia, pero queda claro que no es lo que más le interesa hacer. Tal vez, es un buen pasatiempo para no pensar tanto en la ausencia de su hermano, quien murió recientemente de una afección al corazón que ella también padece. Pero aquí los muertos no se van del todo, o al menos ese muerto; hay varios signos que indican que está allí presente, al comienzo en la enorme casa en la que vivió (y que su hermana intenta vender) y más tarde en otros lugares más.

Assayas es un director “autoral”, pero siempre se mantuvo atento a los géneros. Aquí se nutre del género fantástico y también del policial, sobre todo en la última parte de la película. Tal como hizo el gran Manoel de Oliveira en Singularidades de una chica rubia (Singularidades de Uma Rapariga Loura, 2009), aquí los efectos especiales son los mínimos y necesarios. Hay algunas apariciones y también hay indicios de que sobrevuela “algo del más allá”; tazas que se rompen, sonidos que se escuchan en medio de la noche. El interés de Maureen por encontrar un sentido a ese retorno del hermano (o, mejor dicho, su intención de no irse del todo) se nutre y se contamina de una fugacidad mucho más palpable y visible para el resto de los mortales. Es por eso que, además de los tránsitos por la ciudad (que poco y nada dejan para la protagonista), el realizador hecha manos a múltiples capas de virtualidad (el chat, las páginas web, los mensajes de texto, etc.) que dan cuenta de un presente ajeno a la espiritualidad. El vínculo indescifrable y ominoso, tan fascinante como ambiguo, que establece la joven con él o los espíritus (imposibles de cifrar en un único mensaje o en una única forma de vincularse) le dan a Personal Shopper un aura de misterio que ubica al espectador en un lugar incómodo, sí, pero tan intenso como fascinante.

8.0

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