Benjamín Harguindey
23/04/2017 12:20

Aún sin tener en cuenta que carga con una de las últimas interpretaciones de Anton Yelchin, trágicamente fallecido el año pasado, Porto (2016) es de por sí una película melancólica. Trata sobre dos personas y el momento de apasionada intimidad que compartieron la noche que definió el resto de sus grises, solitarias vidas.

Porto

(2016)

Jake (Anton Yelchin) y Mati (Lucie Lucas) son un estadounidense y una francesa respectivamente, autoexiliados en la ciudad de Porto, Portugal. No importa de dónde vienen o a qué se dedican: la cuestión es que son dos extraños en una ciudad extraña, y lo que sea que les falta lo encuentran en el otro. Dividida en tres capítulos, la película salta entre presente y pasado, entre Jake y Mati, y reserva el misterio de aquella fatídica noche para el último, cuando no podemos dejar de percibirla con la misma melancolía que aqueja a sus protagonistas.

La película está dirigida por el brasilero Gabe Klinger y escrita por él y, asombrosamente, Larry Gross, el guionista detrás de seminales films de acción-comedia como 48 horas (48 Hours, 1982) y Calles de fuego (Streets of Fire, 1984). Quizás más significativamente, Jim Jarmusch figura como productor ejecutivo. No por restar crédito a Klinger, pero Porto se parece mucho en tono y languidez a la filmografía de Jarmusch, desde el perfil tierno y retraído de los personajes a la decisión de librarlos a la soledad de la vida nocturna.

En el corazón de la película tenemos a las dos actuaciones de Anton Yelchin y Lucie Lucas, él herido en un ala y ella descolocada pero sexy. En cualquier otra historia de “disolución de pareja” (son un género en sí) se les daría diálogos pseudo-cómicos, tendrían un primer encuentro memorablemente bizarro y se establecería un contraste fácil entre un pasado totalmente feliz y un presente totalmente triste. Klinger en cambio deja que las actuaciones de sus actores hablen por sí solas, y lo que no deducimos por las miradas y el lenguaje corporal de Jake y Mati queda librado a la imaginación. Más que una relación, parecen haber compartido un momento, y con ello bastó.

La tenue fotografía de Wyatt Garfield se asemeja a una home movie y sugiere una ciudad relativamente fría e indiferente al breve idilio de los protagonistas, salvo por algunos selectos resquicios iluminados por el calor y confort.

El clímax de la historia es llevado al colmo de la literalidad y consta de una escena de sexo entre Jake y Mati. Aquí se logra algo parecido a aquella escena de Anomalisa (2015): no hay elipsis, la imagen no funde a negro, la cámara no gira a la mesita de luz, los actores no hacen poses ni hay una coreografía para tapar esto o aquello. La escena muestra lisa y llanamente a dos personas haciendo el amor, y nos involucra emocionalmente por todo lo que sabemos que ocurrió antes y todo lo que les va a pasar después.

8.0

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