Juan Pablo Russo
21/04/2017 18:53

La ópera prima del realizador boliviano Kiro Russo es de una elegancia plástica y un compromiso social tan bien complementado que evita caer en el regodeo de la miserabilidad al que nos tiene acostumbrado el cine festivalero latinoamericano. Lo bello y lo social parecen ser dos opuestos (al menos en los resultados) pero que acá funcionan a la perfección. Viejo Calavera (2016) sorprende por la magnitud de una historia contradictoriamente pequeña.

Viejo Calavera

(2016)

Tras la muerte de su padre, Elder Mamani pierde el rumbo (o ya lo tenía perdido de antes). Entre borracheras, drogas, boliches y peleas callejeras su vida transcurre como si el futuro no existiera. Su padrino, Francisco, le ubica en una mina para que trabaje y pueda establecerse. Para Elder todo es conflicto y el interés por el progreso no parece estar entre sus inquietudes. Pero, todo tomará otro color cuando se entere de que su padrino no es el santo que aparenta ser.

Russo toma el conflicto de un joven en crisis para trazar un relato sorprendente sobre la vida en la mina. Tópico que ya había explorado en su corto Juku. El despliegue visual es literalmente impresionante y la puesta en escena tan hipnótica como perturbadora. Para lograr ese efecto utiliza una cámara de video hipersensible que le servirá para internarse junto al protagonista tanto en el submundo de las cuevas de la mina como en la altura donde vive. Hay espacios que se oponen: el adentro y el afuera, lo profundo y la altura, el encierro y la libertad. Lo que no se opone es lo que pasa con Elder ¿La vida en la mina dista de su realidad?

Hay una apuesta por el realismo mágico aunque por momentos uno tiene la sensación de estar viendo un documental etnográfico donde los personajes actúan de sí mismos. Lo trascendental es como el cineasta logra obtener belleza en donde no la hay. Sin maniqueísmos, ni músicas estridentes, sin siquiera estilizar la imagen. Solo con talento y sensibilidad.

8.0

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