Juan Pablo Russo
10/03/2017 00:38

La adolescencia y el cine argentino mantienen una relación recíproca que lleva años. Hasta se podría hablar de un género propio. El silencio (2016), estrenada en la competencia argentina del 31 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se encuadra dentro de este tipo de historias, con un resultado más que notable.

El silencio

(2016)

Tomás (Tomás del Porto) es un adolescente que se entera del embarazo de su novia. Primero intentarán abortar, pero cuando están en el médico se arrepienten y deciden tenerlo. Con el transcurrir de los días Tomás entrará en pánico, discutirán y partirá con solo un dato en busca de Camilo (Alberto Ajaka), su padre al que nunca conoció.

Dirigida por el venezolano Arturo Castro Godoy, con un tratamiento visual donde predomina la cámara en mano, El silencio es una clásica película iniciática de búsquedas y aceptaciones. Tomás no solo busca a su padre sino también respuestas a todas las dudas que le genera la precoz paternidad. Un chico abandonado por su padre que no entiende las razones de ese abandono pero que hoy se encuentra bajo las mismas condiciones en las que estaba su padre casi a su misma edad.

El silencio al que hace alusión el título es lo que dominará una historia atravesada transversalmente por lo que no se dice. Silencios sobre el pasado, pero también los silencios que se dan cuando padre e hijo están juntos. Tanto Alberto Ajaka como Tomás del Porto, quien lleva el punto de vista, logran darle a la película la “no química” de una relación que nunca existió. Algo contrario a lo que se busca en la construcción de la mayoría de los personajes. Ambos son fríos, distantes, incapaces de expresar sus sentimientos frente al otro.

Sobre el final sentados en la camioneta de Camilo, Tomás le cuenta a que va a ser padre. En esa dialogo frío y seco está toda la esencia de la película y el comienzo de una historia que nunca veremos. Una historia donde los personajes ya no serán los mismos.

8.0

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