Benjamín Harguindey
04/03/2017 23:30

Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island, 2017) es una divertida imitación de las historias de aventuras que solían escribir Julio Verne, H. Rider Haggard y Arthur Conan Doyle. En ningún momento trata de ser otra cosa. Abundan los efectos especiales y una sensibilidad cómica moderna, pero hay algo muy anticuado acerca de la película que le juega a favor.

Kong: La isla calavera

(2017)

Dirigido por Jordan Vogt-Roberts, el film obviamente está inspirado en el clásico de 1933 de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, pero en vez de rehacerlo - como Peter Jackson en 2005 - toma prestado a Kong como un elemento más en una historia de aventuras hecha a base de las quimeras de los autores de antaño, como la teoría de la Tierra Hueca y la fantasía euro-céntrica del ‘Continente Perdido’.

Esta vez la expedición a la infame Isla Calavera ocurre en 1973 y está a cargo no del showman Carl Denham sino de un tal Bill Randa (John Goodman), que tiene una motivación más personal (e insulsa) para hallar a King Kong. Luego de conseguir aval del gobierno arma un equipo multicultural de aventureros, militares y científicos que incluyen al mercenario Conrad (Tom Hiddleston), la fotoperiodista Weaver (Brie Larson) y el coronel Packard (Samuel L. Jackson).

Estos no son personajes en el sentido moderno de la palabra. Son arquetipos ambulantes, definidos por los atributos de su profesión. No gozan de nada parecido a psicología, salvo quizás por Packard, que dejó Vietnam en estado de negación (“No perdimos la guerra, la abandonamos”) y hace de cazar a Kong su guerra personal. El otro personaje interesante es Marlow (John C. Reilly), un náufrago con ecos de Ben Gunn en La isla del tesoro.

‘Conrad’ y ‘Marlow’ son, por supuesto, referencias a El corazón de las tinieblas. Peter Jackson ya había hecho un paralelismo en su versión de King Kong (“No es simplemente una historia de aventuras, ¿verdad?” pregunta alguien que está leyendo el libro). Excepto que en el caso de Kong: La isla calavera tiene razón: es simplemente una historia de aventuras. Nuestros héroes se pierden en la jungla, se encuentran con monstruos colosales, hay algunas muertes y quizás al final de la película los sobrevivientes escapan.

En cuanto a Kong, se lo ve más como una abominación de la naturaleza: un primate gigantesco de una raza extinta, más parecido al bípedo original de 1933 que al gorila agigantado de Jackson. No se hace gran misterio sobre su aparición: se lo muestra en la primera escena y media hora más tarde en todo su intimidante esplendor. Se lo humaniza al punto de que puede reconocer la bondad de los héroes designados (Tom Hiddleston y Brie Larson) pero nunca tanto como para darle un comportamiento o constitución humana.

Aquí Kong es primero y principal un agente de la naturaleza, manteniendo el balance natural batallando contra reptiles gigantes. Hay otros colosos merodeando por la isla, algunos tiernos, otros repugnantes, pero salvo por los dinosaurios (diseñados con un desagradable aspecto cadavérico) todos se ven majestuosos por la forma en que ignoran a los humanos transgresores. Y en algún punto ése es el mensaje, si hay que sacar uno, de la película: la burla a la arrogancia del ser humano que se cree amo y señor de la Tierra.

7.0

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