Emiliano Basile
01/03/2017 17:20

El cine de los hermanos Dardenne sigue ciertos tópicos que al reconocerlos facilitan una lectura más profunda de sus obras. En La chica sin nombre (La fille inconnue, 2016) tales características se reiteran en un film que, sin estar a la altura de la genial Dos días, una noche (Deuxjours une nuit, 2014), continúa en el nivel de su vasta filmografía.

La chica sin nombre

(2016)

Jenny Davin (Adele Haenel) es médica y trabaja en un centro de atención primaria en Bélgica. Como toda trabajadora que lidia con personas vulnerables se encuentra al borde de una crisis, sin embargo sobre lleva su labor y hasta consigue un ascenso. Pero una noche, después de su jornada laboral suena el timbre en su consultorio. Ella no atiende y la potencial paciente aparece muerta en las inmediaciones del lugar. La culpa invade a la doctora que intentará por todos los medios dar con la identidad de la difunta para tranquilizar su conciencia.

Una vez más, los hermanos Dardenne hacen un cine que busca visibilizar a los marginados del sistema. Muchas veces son los más vulnerables los protagonistas de sus relatos, mientras que esta vez, es una doctora cargada de conflictos asociados a su profesión quién recae alrededor de una mujer anónima, invisible para el resto, cuyo nombre será de suma importancia para la protagonista tras no haberle brindado asistencia. La búsqueda de su nombre desata un vendaval de culpas, miserias e injusticias en el entorno.

Adele Haenel compone con precisión a una joven fuerte y frágil a la vez, víctima de injusticias sociales que busca con su sola voluntad (de ahí el habitual color rojo que identifica su vestimenta) luchar por un mundo mejor de la forma más ordinaria posible. La película no juzga a sus personajes, trata de comprenderlos mientras los sigue de cerca. La forma cinematográfica utilizada por los realizadores belgas se nutre de la inquieta cámara en mano junto a otros recursos del documental que cargan de tensión e inestabilidad la escena, dándole un realismo tan crudo como humano a los hechos.

La búsqueda de la identidad de la joven fallecida también obliga al film a incorporar herramientas del policial, apilando datos e ingresando en un entramado sórdido alrededor del vecindario. Mientras Jenny se acerca a develar el misterio alrededor de la chica, la puesta en escena se vuelve más claustrofóbica, como si el espacio acorralara a la protagonista en cada movimiento. Otro de los elementos a destacar es la concepción del sentimiento de responsabilidad. Jenny oficia muchas veces de psicólogo, otras de sacerdote con sus pacientes al prestarles el oído. Esta actitud despoja a la culpa de toda acepción cristiana y le da un rol comunitario.

La chica sin nombre no es de las mejores películas de Luc y Jean-Pierre Dardenne, pero logra trascender la historia mínima que relata. Temas como la inmigración africana, la salud pública, la hipocresía social, el sentimiento de culpa, están presentes en el film aunque no de manera explícita: son retratados con la suficiente sutilidad para construir un abanico tenso y de constante conflicto en el que se desenvuelve su joven e idealista protagonista en la construcción de un cine de sensibilidad social.

8.0

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