Juan Pablo Russo
12/12/2016 14:29

Filmada en escenarios de Francia, Singapur, Suiza y España, El hombre de las mil caras (2016) es, sin duda, uno de los productos estrella del curso cinematográfico español, donde Alberto Rodríguez, tal como lo hizo en La Isla Mínima (2014), también retrata una época turbia, engañosa y polémica de la historia española del siglo XX.

El hombre de las mil caras

(2016)

Eduard Fernández interpreta a Paesa, algo así como a un mercenario sin escrúpulos ni vergüenza, capaz de venderse a quien mejor le pague. Sí, podríamos estar hablando de cualquier político –o empresario, o ciudadano- corrupto de este querido mundo que, peligrosamente, se ha acostumbrado a despertarse cada mañana con un nuevo escándalo de robo al erario público. Paesa fue pues algo así como un adelantado a su tiempo y manipuló/robó/tomó el pelo a todo el que quiso cuando Roldán, perseguido por haber estafado al gobierno tras ser director de la Guardia Civil, pidió su ayuda para quitarse de en medio.

El suceso –que no vamos a desmenuzar aquí para no destripar el argumento de El hombre de las mil caras– conmocionó entonces a un país democrático que empezaba a dudar de sus dirigentes. Corrían los años noventa y entonces Alberto Rodríguez aún pisaba la Universidad. Por eso, cuando el encargo de adaptar el libro escrito por Manuel Cerdán Paesa: el espía de las mil caras cayó mucho después en sus manos, tuvo que ponerse al día, recabando información y elaborando, junto a su habitual compañero de teclado Rafael Cobos, el que sería el guion de su película número siete.

El resultado -es inevitable sucumbir a la comparación- palidece al lado de La Isla Mínima. Parece como si el director hubiera estado más atento a los detalles de ambientación, vestuario y localizaciones –magníficos todos ellos- que en la construcción de personajes, de una frialdad contagiosa: tanto que esa gelidez recorre las dos horas de metraje interminable de esta gran producción.

Actoralmente, Marta Etura apenas logra el milagro maravilloso de la empatía… pero durante apenas unos minutos. El resto es una sucesión torrencial de información (que una voz en off intenta armonizar) y una recreación de acontecimientos (unos reales, otros no tanto), rodados con oficio, calidad y profesionalidad, pero tan lujosos, pluscuamperfectos y brillantes como un anuncio de coches de alta gama.

7.0

Comentarios