Emiliano Fernández
05/12/2016 15:29

Hunt for the Wilderpeople (2016), la última película de Taika Waititi (Casa vampiro), es una obra maravillosa que nos retrotrae a lo mejor de los relatos centrados en la juventud y los periplos contraculturales en general, en los que la libertad está por encima de cualquier redundancia o cliché.

Hunt for the Wilderpeople

(2016)

Entre las curiosidades de nuestra época a nivel industrial, quizás la más paradójica es que vivimos atiborrados de productos mainstream de rasgos infantiloides y/ o adolescentes que se la pasan subestimando a los niños y amoldándolos al corsé narrativo del “camino del héroe” o algún otro facilismo de ese estilo con el fin de desplegar una nueva catarata de CGI (si hablamos de una fantasía heroica) o un supuesto “análisis” acerca de la alienación y el zigzagueo de la edad (si es que estamos, en cambio, ante un bodrio festivalero y tedioso). Así las cosas, casi nunca nos topamos con un verosímil tragicómico que respete en serio a los personajes y permita su lucimiento por mérito propio, obviando las citas retóricas que pretenden despejarnos toda duda con respecto al hecho de que la obra en cuestión se suma a una andanada de opus similares, sin ninguna marca autoral que viabilice una diferenciación.

Por suerte todavía es posible hallar joyas como Hunt for the Wilderpeople, las cuales dan de baja el patrón preponderante y se juegan por un esquema mucho más acorde con las aventuras de descubrimiento del período etario, en donde la algarabía que produce lo nuevo suele colisionar con las disonancias del mundo y la falta de comprensión hacia lo distinto o alternativo. Como si se tratase de una versión a la neozelandesa de Moonrise Kingdom (Un reino bajo la luna) (Moonrise Kingdom, 2012), pero reemplazando a la pareja de jóvenes amantes por una dupla de fugitivos más vinculada a la amistad y la familia, el film retoma el pulso de las comedias freaks/ absurdas/ contraculturales para desparramar situaciones algo insólitas y construir personajes que se ubican en la frontera entre la inocencia y la improvisación, planteo que enriquece a la propuesta vía las sorpresas y conflictos del derrotero cotidiano.

La trama gira en torno a Ricky Baker (Julian Dennison), un huérfano -de ascendencia maorí- con un historial muy colorido de actos vandálicos menores que termina al cuidado de un matrimonio compuesto por la simpática Bella (Rima Te Wiata) y el taciturno Héctor (Sam Neill). Viviendo en un hogar bastante rústico y rodeado de bosques y montes, el rechazo inicial del pequeño, todo un adalid del hip hop, pronto se convierte en cariño para con Bella, quien repentinamente cae muerta: ante la perspectiva de regresar a la red de “protección infantil” del estado, Ricky decide fingir su suicidio y partir hacia las regiones salvajes de Nueva Zelanda. Por supuesto que su padre adoptivo no tarda mucho en encontrarlo aunque no podrán volver a la civilización ya que Héctor se quiebra un pie, un accidente que los obligará a acampar durante varias semanas a la espera de la recuperación.

A mitad de camino entre el humor de Jared Hess y el del propio Wes Anderson, el opus escrito y dirigido por Taika Waititi, uno de los responsables detrás de la también excelente Casa vampiro (What We Do in the Shadows, 2014), apuesta por un desarrollo paralelo que conjuga la entrañable relación entre Ricky y Héctor y la cacería de la que son objeto por parte de unas autoridades comandadas por la hilarante Paula (Rachel House), una defensora fanática del control gubernamental. Sin adentrarse del todo en el terreno de la sátira y las ironías sociales, Hunt for the Wilderpeople se mueve de manera extraordinaria tanto en el costumbrismo más contradictorio (el choque entre la urbanidad y lo silvestre es esencial) como a través de esa “dialéctica de la desproporción” que trae consigo el delirio público (hablamos de la ridiculez de los recursos volcados para atrapar a los pobres protagonistas).

Sin lugar a dudas, el naturalismo de la película obtiene sus armas en el corazón del relato, léase la capacidad de retroalimentarse de Ricky y Héctor, y en el hecho de mantener en todo momento los pies sobre la tierra y dosificar las tragedias para que el vínculo entre ambos -y su contrapunto con su condición de “celebridades” por el influjo de los medios de comunicación- nunca sufra de los cambios bruscos habituales de Hollywood. El núcleo afectivo está tan bien construido que la huida hacia los márgenes repercute de inmediato en las motivaciones de base: el niño, que idealiza a los gangsters y escribe haikus para expresar sus sentimientos, desconfía de la tutela estatal; y el hombre, un analfabeto, arrastra un pasado de encierro y cree -con razón- que la estupidez de la administración central lo regresará sin más a la cárcel, acusado como está de secuestro y hasta de ser un pederasta.

Otro de los muchos logros de Taika Waititi pasa por la dirección de actores, en especial la labor y química entre Dennison y Neill, el primero funcionando como una revelación y el segundo reenviándonos a los mejores trabajos de su carrera. La riqueza dramática y la variedad de emociones que nos regala esta anomalía constituyen realmente un tesoro que recupera el encanto de los verdaderos inadaptados, esos que no reclaman una intervención -cuasi convalidante de las injusticias- por parte de terceros amparados por el sistema que excluye: aquí ambos luchan por autodefinirse como outsiders por derecho propio ya que dejan en el camino las etiquetas y/ o sesgos modeladores de conciencias. El amor como eje unificador es el gran protagonista de una fuga en pos de garantizar la libertad y esa aptitud de elegir el talante que tomará nuestra vida sin importar lo que repitan los loros vacuos y filofascistas.

9.0

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