Ezequiel Obregón
21/11/2016 17:19

Tras su debut como co-director de La Tigra, Chaco (2008), el realizador Federico Godfrid entrega con Pinamar (2016) la historia de dos hermanos que retornan al departamento familiar en la costa para resolver cuestiones del pasado.

Pinamar

(2016)

Ya es clásico el esquema de films que trabajan sobre dos personajes disímiles, con frecuencia hermanos. Federico Godfrid aborda ese par y le aporta matices locales y un humor con impronta generacional. La hermandad, se sabe, es un vínculo pleno en afecto y tensiones. Más aún cuando cada hermano parece ser el opuesto del otro. Pablo (Juan Grandinetti) y Miguel (Agustin Pardella) reproducen ese imaginario. El primero es introvertido, pulcro, mesurado. El segundo es charlatán y da la sensación de buscar la empatía con los otros, permanentemente. Los dos tienen alrededor de veinticinco años; etapa en donde para algunos la adolescencia se amplía, mientras que para otros ya es hora de asentarse en la madurez. No hace falta señalar hacia qué lugar se orienta cada uno.

El motivo que los lleva a Pinamar tiene que ver con el pasado; arrojar las cenizas al mar de la madre y concretar la venta del otrora departamento de verano. Una tarea que los enfrentará a sus propios dilemas, profundizados cuando reaparezca Laura (Violeta Palukas), una bella chica con la que se frecuentaban durante el tiempo de las vacaciones. Como suele ocurrir, el objeto de deseo común permite llevar a la superficie las emociones encontradas; darles corporalidad, hacerlas más evidentes. Aquí no será la excepción, aunque Godfrid y su guionista Lucía Möller hayan tomado la inteligente decisión de no sobredimensionar el drama, sino más bien lo contrario. Hay en Pinamar un espíritu lúdico que entablará una complicidad con los espectadores, casi como si ese espacio y ese lugar, vaciado de su contenido vacacional, los empujara a retornar a un pasado que, en el fondo, añoran. Un pasado de juegos y complicidades amenas.

El elenco cumple con solvencia las exigencias de una curva dramática que oscila entre la ternura y la ira; Grandinetti y Pardella abordan sus personajes sin marginar la relación con el otro en ningún momento. El triunfo de sus trabajos orienta y consolida el triunfo del film; sin la afinidad que se genera entre ambos, Pinamar no alcanzaría los picos dramáticos que alcanza. A todo con la propuesta, la música de Daniel Godfrid y Sebastián Espósito es un medido acompañamiento para este relato sobre los afectos y las posibilidades de dar un paso atrás justo cuando parecía que había una única chance, irreversible y dolorosa.

8.0

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