Benjamín Harguindey
07/11/2016 14:18

Bridget Jones es uno de los personajes cinematográficos más icónicos y menospreciados del siglo XXI. El estereotipo de la solterona indulgente existe desde siempre, pero Renée Zellweger elevó el concepto al de arquetipo y le mostró al público algo que jamás había visto con El diario de Bridget Jones (Bridget Jones’s Diary, 2001). Un poco como el Jack Sparrow de Johnny Depp, fue una sensación original en su momento (acreedora de nominaciones al Oscar en ambos casos) pero terminó siendo bastardizada por secuelas inferiores y carreras penumbrosas.

El Bebé de Bridget Jones

(2016)

A 15 años del film original (más la secuela que mató temporalmente la franquicia), El Bebé de Bridget Jones (Bridget Jones’s Baby, 2016) es la tercera y probablemente final entrega de la epónima heroína. La trama ha hecho marcha atrás desde la última película, borrando los últimos dos finales felices y devolviendo a Bridget a la soltería despechada, que al fin y al cabo es lo que define a su personaje. De nuevo tiene que elegir entre dos hombres: el impecablemente británico Mark Darcy (Colin Firth) y el neófito Jack Qwant (Patrick Dempsey), un millonario caído del cielo.

La película tiene una excusa bastante cómica para explicar la ausencia de Hugh Grant, y Dempsey esencialmente viene a llenar su vacío. Lo logra a medias. Su personaje es bastante aburrido, un galán de telenovela blando - interpretado por un galán de telenovela blando - dotado de atractivo, dinero y un irritante optimismo. Cleaver (Grant) era obviamente la peor opción para Bridget pero se hacía querer por su carisma y picardía; Qwant es simplemente un montón de atributos “positivos” imbuidos en un personaje cuya única función es hacerle la contra al defectuoso Mark, que quiere a Bridget “tal como es” pero no sabe demostrarlo.

A este triángulo amoroso se suma el inesperado embarazo de Bridget, que ha tenido sexo con ambos hombres más o menos en seguidilla y no sabe quién es el padre (rechaza una prueba de ADN porque sino no habría película). Se trabajan dos incógnitas melodramáticas: ¿con quién se queda? y ¿quién es el padre? En medio de todo hay un mensaje bastante progresista sobre la mutación de la familia nuclear en la modernidad. Nada de lo cual quita que la trama se resuelva, nuevamente, de la forma más predecible y convencional imaginable.

El film está dirigido por Sharon Maguire (directora del primer film, ausente del segundo) y cuenta con la fresca presencia de Emma Thompson (quien además co-escribió el guión) en el papel de la obstetra de Bridget. Thompson es la otra presencia notable aparte de Zellweger, por más breve que sea. Tiene muy poca paciencia para los enredos que plantea su paciente y se roba sus escenas con sarcasmo e ingenio, como si prefiriera involucrarse en la trama lo menos posible.

En definitiva la película no es otra cosa que una excusa para que Renée Zellweger vuelva a hacer su gracia como Bridget Jones, eternamente humillándose en público, lamentándose en privado y en general inventando complicaciones donde no las hay. Es el tipo de persona que podría apuntar al piso y errarle, tan alegremente yeta que es, constantemente sobrestimándose a sí misma y subestimando todo lo que no debería. Zellweger sigue despuntando en el papel: risueña, vulgar, tan ambiciosa como inepta. Es el único motivo para ir a ver El Bebé de Bridget Jones, y el único motivo que la película necesita.

7.0

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