José C. Donayre Guerrero
03/11/2016 15:37

La última tarde (2016) es una película peruana dirigida por Joel Calero que se muestra como una nueva mirada para un cine que está viviendo un gran crecimiento en lo que se refiere a producción pero que carece de alguna perspicacia creativa. En ese contexto éste film es sin duda una propuesta arriesgada, llena de valentía, y lo hace con un aire renovado y simple desde la ciudad de Lima y el trasfondo histórico de la violencia de los años 80 en el Perú. 

La última tarde

(2016)

Ramón (Lucho Cáceres) y Laura (Katherina D’Onofrio) se citan en el juzgado para divorciarse. Después de una larga espera, llega Laura y resuelven rápido el asunto dado que el juez tiene que salir. Sin embargo, ella olvidó pedir un tema burocrático y a causa de ello tienen que esperar el regreso del Juez, lo cual va a tomar muchas horas. En ese tiempo se dedican a caminar y charlar sobre lo que fueron sus vidas pues no se veían hacen 19 años, desde que se separaron de un momento a otro. Él de origen Cuzqueño y familia humilde. Ella de Lima y de posición aristocrática. Sólo en esa conversación tendrán la única posibilidad para hablarse de todo y saber qué pasó y todo a apunta a la época del terrorismo, con el hecho particular de que ellos fueron participes de toda aquella década violenta.

Lo más loable desde el principio es su apuesta técnica. Se plantea el uso de largos planos secuencias para convertir a la palabra en el centro de todo. Si bien son planos que acompañan y siguen a la conversación, logra que todo se centre en ello sin irse por ramas ya conocidas. Se arriesga a construir sobre sí mismo la tensión. Todo por un buen uso del diálogo que se sostiene por buenas actuaciones.

Lo arriesgado también está en que la batuta del dialogo la lleve ella, un personaje sumamente superficial y sin mayor interés, que no tuvo éxito y es ultra-positivista en toda su mirada del mundo. Una verborragia que la vuelve un tanto densa y hasta pesada. Sin duda que es trascendental para ahondar sobre cierto prejuicio sobre la diferencia del uso del lenguaje entre los que pertenecen a cierta elite limeña y aquellos más parcos, debido a una procedencia más humilde. Pero cabe fijarse que poco a poco la película lleva a que todo lo que realmente importa sea lo que se oculta y lo que se calla. Entonces Ramón se vuelve más atrayente y la película tiene mayores matices, es decir que a partir de cierto diseño simple alcanza cuestiones más profundas y ahí reside lo mejor.

No se puede negar que resulta atractivo que opte por personajes ex-terroristas, dando así otro enfoque más al tema del terrorismo en el Perú. Que tanta ficción ha generado. Siempre es mejor adentrarse un poco más en la oscuridad del pasado violento y también ver la senda “de los malos” como está sucediendo en el viraje de la literatura peruana como en las últimas novelas de Alonso Cueto y Mario Vargas Llosa.

Para quien conoce un poco más sobre el cine peruano y el contexto del país, puede decir que si bien hay un mayor auge desde hace muchos años donde se hacen películas de calidad y que atraen al público, no dejan de ser meros intentos sin mayor trascendencia para el espectador. Solo son panfletos para tocar determinados temas frívolos y nada más. Hay mucha ausencia de cine, de hablar también sobre las ciudades, de optar por el ejercicio personal y tratar de dejar ciertas vías trilladas. Y La última tarde resulta una voz personal que se arriesga por encontrar su propio lenguaje. En este caso Lima aparece fantasmalmente siendo un personaje más y el espacio burocrático de marcado aire Kafkiano también hacen que la película construya su propio estilo, no decae en ningún momento y va generando un perfecto clima tenso para temas delicados. Quizá desde Rosa Chumbe (2015) de Jonatan Relayze Chiang y el cine de los hermanos Vega (El mudo, 2013) no se encontraba con un film así. 

7.0

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