Ezequiel Obregón
29/09/2016 14:01

El encuentro entre dos mujeres con serios problemas mentales es el eje de Loca alegría (La pazza gioia, 2016), última ganadora de la Quincena de los realizadores del Festival de Cannes.

Loca alegría

(2016)

Villa Biondi es para Beatrice (Valeria Bruni Tedeschi) una curiosa paradoja y, al mismo tiempo, una síntesis de su propia vida; es el edificio que donó su aristocrática familia, ubicado en el bellísimo paisaje de la Toscana, finalmente reconvertido en un neuropsiquiátrico a donde fue a parar tras varios “traspiés” legales. Suerte de Blanche Dubois a la italiana, Beatrice deambula por todas partes creyéndose lo que ya no es. Y, aunque el contexto desmienta férreamente su ilusión, ella pretende hacer valer su título de condesa a cada paso que da.

Hasta Villa Biondi llega Donatella (Micaela Ramazzotti), una mujer de origen humilde y con un pasado signado por la prostitución, las drogas, y un episodio de vida aún más doloroso que –con mucho acierto- el guión expone recién hacia el final. El encuentro entre Beatrice y Donatella producirá sus inevitables conflictos, pero también la posibilidad de encontrar la comprensión en el otro y, a la vez, revisar las deudas con el pasado.

El realizador Paolo Virzì es el responsable de esta película sobre las segundas oportunidades, la imposibilidad de vivir en la realidad y la inevitable necesidad de trazar puntos de fuga. Si bien el tono preponderante es el humorístico, se percibe mucho dolor en las decisiones que toman las dos mujeres. No pasará demasiado tiempo hasta que se fuguen, iniciando una serie de recorridos que pondrán en evidencia los conflictos que no supieron o no pudieron resolver.

Loca alegría no tiene una puesta en escena con fuertes marcas autorales, ni tampoco demasiada originalidad en el tratamiento de las enfermedades mentales. Lo que le da a la película un mayor espesor dramático es la convicción con la que las actrices abordan sus roles, una labor que potencia la fusión entre ambos personajes y los hace queribles. Quizás, el mayor mérito del film sea el poder de conmoción que genera, aún cuando varios pasajes tengan mucho de “guión de manual” (la secuencia en donde van a comer a un sofisticado restaurant y se van sin pagar, por citar un ejemplo). Pese a los desniveles, Virzi sale airoso a la hora de graficar lo sórdido sin perder de vista que lo que allí vale es la ternura, sentimiento diametralmente opuesto.

7.0

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