Benjamín Harguindey
04/09/2016 21:13

Tras pasar más de diez años en candilejas Mel Gibson regresa no menos que triunfalmente a la dirección con la película bélica Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016), basada en la historia real del soldado Desmond Doss, que a fines de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en el primer “objetor de conciencia” en participar activamente en el frente de batalla y ganar la Medalla de Honor. Y jamás tocó una sola arma.

Hasta el último hombre

(2016)

La primera mitad de la película transcurre en una plácida y rural Virginia. Vemos la infancia de Doss, y cómo deja a su hermano al borde de la muerte por accidente durante una pelea. Inmediatamente se encuentra a sí mismo en una pintura de Abel y Caín, y renuncia por siempre a la violencia. Ya de grande, Doss (un campechano Andrew Garfield) pasa sus días cortejando a una enfermera bonita (Teresa Palmer) y sufriendo el alcoholismo de su padre (Hugo Weaving).

Doss ha renunciado a la violencia pero no a su sentido del patriotismo, y decide enlistarse en el ejército. Llena perfectamente su papel de soldado salvo por un detalle – es un cristiano adventista y rehúsa siquiera tocar un arma. Ahora se ha ganado la ira de sus oficiales (Vince Vaughn y Sam Worthington) y el desprecio de sus colegas, que confunden sus principios con locura y cobardía. Doss plantea que quiere servir en el cuerpo médico del ejército, pero aún para calificar para el puesto rehúsa pasar una sencilla prueba de tiro. Las armas para él son como una alergia – su uso no se discute. Antes que comprometer su moral prefiere sufrir hasta el fin las consecuencias de su desacato.

La segunda mitad del film mueve la acción al desembarco en Okinawa, en el que las fuerzas aliadas deben trepar un escarpado acantilado y enfrentar al ejército japonés en un accidentado campo de batalla. Las escenas de lucha aquí son de entre las mejores que se han hecho en una película de guerra, y la maestría con la que Mel Gibson dirige el campo de batalla recuerda a la seminal Corazón Valiente (Braveheart, 1995). Gibson captura el caos con claridad y estructura las batallas sin jamás perder la unidad de acción, por más brutal e intensa que se ponga la carnicería. No hay otra palabra para describirlo – el infernal campo de batalla tiene más tripa y carne que cuerpos.

Se establece un balance efectivo entre la cursilería de la primera parte y la visceralidad de la segunda. Para una película bélica, Hasta el último hombre es inusualmente sensible, lo cual hace que la violencia se sienta tanto más brutal. Aunque algunas escenas se ponen un poco ridículas hacia el final, el cual está lleno de momentos tan impresionantes como improbables. Así que el final propio muestra entrevistas con las personas reales que inspiraron la historia, como para subrayar su credibilidad.

La película es desvergonzadamente religiosa pero no se siente como un sermón ni mucho menos una obra de fanatismo; se toma el tiempo para explicar y establecer la devoción de Desmond, y demostrar que no por ello es peor persona o soldado. Por sobre todo el film enseña que las creencias religiosas no deben ser tomadas como una discapacidad, que no han de impedimentar nuestra pasión o sentido del deber.

9.0

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