Benjamín Harguindey
02/09/2016 12:03

Tercer largometraje del chileno Christopher Murray, El Cristo ciego (2016) sigue los pasos de un joven con pretensiones mesiánicas a través de la Pampa del Tamarugal. El viaje es absurdo, episódico y por lo demás fascinante.

El Cristo ciego

(2016)

El joven es Michael (interpretado por Michael Silva). Perdió a su madre de pequeño y viajó en busca de Dios, dejándose estigmatizar las manos por un amigo. Descubrió a Dios dentro suyo en vez de en el desierto, y ya de grande tiene cierta (mala) fama de curandero loco. Harto de la sorna del pueblo de La Tirana, se embarca rumbo a una odisea descalza a través del desierto más árido del mundo en busca de su antiguo apóstol.

Al menos ése es su objetivo, una dirección en la que caminar. El Cristo ciego trata más sobre los distintos episodios que Michael vive en sus andanzas: intenta convertir creyentes, realizar bautizos, curar enfermos, redimir la vida de una mujer en particular. Ante cada obstáculo ofrece una parábola a cambio (“Quiero contarles una historia…”), y a la tercera o cuarta vez ya suena como que Michael es el menos convencido en sus poderes milagrosos. Sus parábolas no parecen tener relación con la realidad inmediata.

Todo esto tiene un aire de absurdo, resaltado por la dignidad con la que Michael se compromete con rebaños que no sabe guiar y milagros que no puede cumplir.

Efectivamente uno se pregunta de dónde sale la obsesión mesiánica de Michael. Obviamente radica en la muerte de su madre, ¿pero cómo logró convencerse de que es capaz de hacer milagros, y por qué la decepción si no posee precedentes prodigiosos? Si Michael hubiera hecho un “milagro” de pequeño, aunque fuera por accidente o casualidad, su determinación (y reiterada frustración) en convertirse en un santo tendría más sentido. Como jamás ha logrado hacer o presenciar uno, la película no resulta tan trágica como pretende.

Michael es como un diletante en la sombra de El Topo (1970) de Alejandro Jodorowsky, otra figura mesiánica que vagabundea por un desierto repleto de personajes estrafalarios que de a poco lo van deshaciendo (y a cambio rehaciendo). El desierto es prácticamente otro personaje más, construido con gran talento por el reparto de lugareños y una fotografía que realza la polvareda y la dejadez de la región. En ciertas tomas Michael podría estar caminando perfectamente por los escenarios de un Jerusalén bíblico.

El final obviamente tiene que ser uno de dos: o Michael destapa el mesías que lleva dentro o concilia su obsesión con los milagros. Lo bueno es que hasta el último minuto no se sabe por qué camino va a ir la cosa.

7.0

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