Rolando Gallego
23/04/2016 00:48

Partiendo de la idea de reflejar una zona en conflicto, a la que llega con una invitación especial pero desde otro ángulo, la realizadora Sofía Ungar genera con Shalom Bombón (2016) un relato que se enfoca en la particular mirada que una joven puede tener, más allá de su ideología y conocimiento, sobre el ancestral enfrentamiento entre Palestina e Israel en la franja de Gaza.

Shalom Bombón

(2016)

La cámara muestra su visión sobre el lugar, y a partir del relato cual bitácora de viaje, pasan imágenes y evidencias que intentan dar una explicación al conflicto desde una óptica irreverente y fuera de la puesta común. Así, por ejemplo, lee junto a un amigo un periódico, e intenta ver más allá de la linealidad de las cosas.

Junto con sus compañeros de viaje, algo así como 30 personas, juega, se divierte, canta, baila y además reflexiona sobre la realidad, la qué a partir de su propia impresión se aleja de cualquier material que ella podría haber leído con anterioridad. Hay una escena interesante: con el micro rodean el muro que divide ambos territorios y el guía habla locuazmente con un discurso aprendido para ser interrumpido por uno de ellos exigiendo otro tipo de información. El guía se queda impávido, inmóvil, y desde ese momento, el diario toma más fuerza y también mucha más relevancia, porque dejando de lado los artificios que bien podrían ser parte del caso, la directora habla desde otro lugar.

El clima festivo y casi de viaje de egresados impregna todo, y desde ahí lo lúdico abre el juego hacia una experiencia diferente que aprovecha todos los discursos y soportes disponibles para resignificarlos. La voz en off además agrega datos más allá que lo que se muestra, y en esa disparidad es en dónde también Shalom Bombón afirma su razón de ser, aunque la reiteración de algunos recursos y la inestabilidad de la imagen opaca el resultado total.

Hacia el final, despidiendo ya el film, un nuevo quiebre en la línea argumental se dispara hacia otro lugar a partir de un juego entre chicas disfrazadas de soldados o con sus mallas y bikinis, que cantan y se animan a correr por los pasillos del hotel en el que estuvieron, sabiendo que en esa osadía y rompimiento de límites y censura, hay también una posición tomada.

Porque luego de los días que pasaron rodeadas de jóvenes soldados, guías, docentes, oradores y demás, que quisieron acercarlas a una realidad desconocida para el grupo, el disfrute y transgresión termina ofreciendo otra mirada acerca de la realidad de la franja de Gaza, la que gracias a su interpretación, fue más allá de aquello que les contaron.

6.0

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