Benjamín Harguindey
12/04/2016 14:30

El teorema de Santiago (2016) es un documental making of sobre El cielo del centauro (2015), el “cuento fantástico porteño” de Hugo Santiago. A pesar de la especificidad del tema sobran los motivos para verla. No solo complementa El cielo del centauro, sino que es un documento invaluable para apreciar el método de los autores de la vieja escuela – tal es el caso de Santiago – y a fin de cuentas una lección sobre cómo hacer un buen making of.

El teorema de Santiago

(2016)

La película asume que la obra del autor nos es familiar y no repara en introducciones. Santiago es el director detrás de Invasión (1969), que escribió junto a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, y su secuela Las veredas de Saturno (1986), que escribió junto a Juan José Saer. Estos son los primeros dos tercios de la “Trilogía de Aquilea”, inconclusa a la fecha. El cielo del centauro marcó su primera película en 13 años (y su regreso a Buenos Aires luego de 29) y si bien no continúa la saga de Aquilea, su cuerpo y espíritu nos remite al resto de su obra.

Santiago siempre ha insistido que sus films son teoremas – proposiciones que afirman verdades demostrables. En cierto sentido, una película sobre la producción artística en sí misma podría ser considerada más exitosa en demostrar una verdad meta-ficticia como la de El cielo del centauro. Ergo El teorema de Santiago, compuesta por Estanislao Buisel e Ignacio Masllorens.

Acompañamos al director y su séquito a lo largo de la preproducción, el rodaje y la postproducción de El cielo del centauro. El esquema responde a las tres partes de un teorema – la hipótesis, la tesis y la demostración. El énfasis está puesto en cuan diferente trabaja el viejo Santiago de su joven equipo técnico, y lo difícil que es saciar su visión artística. Ante todo Santiago venera la precisión del encuadre, cosa que parece ofuscar a los jóvenes cineastas, malacostumbrados a la improvisación y la desprolijidad del cinéma vérité.

La película postula a Santiago como un empedernido perfeccionista, pidiendo una toma tras otra, eligiendo entre un plano y otro, estudiando minuciosamente cada detalle. Y a veces el film se pone (cariñosamente) en su contra – presentando, por ejemplo, lo que es un fragmento de un guión técnico supuestamente “complejo”, el cual se ve menos complejo que bien escrito. Santiago parece haber impresionado a sus colaboradores nomás con hacer las cosas como se deben.

“Siempre que se cree ver un film se ven dos,” sentencia Santiago al final de todo. Ver El teorema de Santiago es ver a la vez El cielo del centauro – la manera en que el autor le da forma a una película que trata sobre su propia forma (delineada por el recorrido del protagonista). En El cielo del centauro esto nos llega como un giro sorpresa. En El teorema de Santiago tenemos el placer de ver cómo se orquesta el giro.

8.0

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