Ezequiel Obregón
08/03/2016 14:31

La coproducción argentino paraguaya Guaraní (2015) aborda el vínculo entre Atilio y su nieta, radicados en Paraguay. Un relato íntimo, “pequeño”, que no se excede en sentimentalismos y aborda las tensiones culturales.

Guaraní

(2015)

La vida en un pueblo de Paraguay transcurre sin sobresaltos. Así lo percibe una preadolescente que ansía reencontrarse con su madre, mientras su abuelo Atilio (un viejo cascarrabias, pero finalmente querible) espera que el nieto que está por llegar sea un varón. La nieta, claro, sabe que ese deseo responde a su necesidad de inculcar su lengua y su cultura, a la que ella es un tanto reticente. La cuestión de género, como se ve, resulta esencial para comprender el delicado y un tanto forzado vínculo entre ambos.

El director Luis Zorraquín se toma su tiempo para esbozar una justa imagen de la vida fuera de la ciudad, con el río como un protagonista más. La película está en gran medida hablada en guaraní, pero eso no implica ningún tipo de exotismo. Por el contrario, uno de los aciertos de Guaraní es su nivel de observación, la forma en la que con detenerse en gestos y miradas se pueda construir un mundo sin caer en pintoresquismos. Se trata de un modelo que alcanzó su mejor nivel en Las Acacias (2011), aquel film consagrado en Cannes que también tenía a la ruta y a los espacios no urbanos como centro neurálgico de las tensiones entre los personajes.

Zorraquín (co-guionista junto al también director Simón Franco) trabaja a partir de un enfoque impresionista; esboza un estado de situación para indagar, luego, cómo funciona eso en diversos encuentros personajes entre la nieta y el abuelo. El relato se detiene en algunos elementos centrales, como la negativa de Atilio a escuchar el castellano, o las motivaciones de ella para alejarse de la cultura guaraní. Y el viaje –bastante accidentado, por cierto- que ambos emprenden para llegar a la casa de la madre/hija funciona como un “punto de conciliación”, un espacio de transacciones en el que las diferentes culturas son expuestas, aún en sus contradicciones.

El resultado final se ve un poco resentido por algunas secuencias que reiteran la información, y que restan un poco de la llegada emocional que de la primera mitad del film. Suma, y mucho, una delicada banda sonora y un muy buen desempeño de Emilio Barreto y Jazmín Bogarín, una joven actriz a la que habrá que seguirle los pasos.

7.0

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