Emiliano Basile
06/03/2016 19:54

Dios Blanco (White God, 2014) podría haber sido una película divertida si se tomaba con humor su descabellada premisa. Pero no, su extrema seriedad al combinar varias películas de perros (extraña mezcla entre Bethoven y Cujo) dan por resultado una historia ridícula cuya alto grado de solemnidad terminan por dejarla sin pies ni cabeza.

Dios Blanco

(2014)

La historia empieza como una fábula familiar en la que una niña, preadolescente ella, tiene que ir a vivir con su desalmado padre unos días y lleva consigo a su perro Hages. Pero en la Hungría que describe la película, las personas deben pagar para conservar un perro callejero en su hogar o mandarlo a un refugio -entiéndase perrera- y su padre se niega a hacerlo e incluso se deshace de él en plena calle. A partir de ahí seguimos al perro ante una suma de humanos insólitamente malvados -y hasta perversos- como una suerte de Cruela de Vil extendida a toda la ciudadanía, que transforman a los mejores amigos del hombre en víctimas de la humanidad. Los perros son secuestrados por vagar (como si fueran los refugiados africanos en Europa, ¿metáfora?), y condenados a una odisea al ser obligados a participar en peleas clandestinas al estilo Amores Perros, hecho que saca a relucir el lado salvaje del tierno Hagen. Tantas injusticias en una película cuya mejor decisión es plantear el punto de vista de los canes, hace que Hagen un día se revele al estilo del mono César en El planeta de los simios (R) Evolución y organice una revolución perruna ajusticiando a cada ser humano que lo dañó a él y a su raza.

Lo descabellado de su propuesta obligaba un tratamiento cómico consciente de los relatos de perros aquí refritados. Tal vez la única forma de hacer llevadera una película que no agrada ni a los niños amantes de las mascotas que esperaban una comedia familiar, ni a los grandulones que buscaban una de terror bizarra para satisfacer sus ansias de ver sangre y tripas en pantalla. Ni una ni otra, esta súper producción húngara -por su costo de 700 mil húngaros y la grandilocuencia de adiestrar 274 perros para la ocasión- termina adscribiéndose a los relatos apocalípticos futuristas sin poder reírse de ellos ni de sí misma.

En el medio de semejante farsa, la película hace planos subjetivos de los perros, ubicando al espectador en el punto de vista de los animalitos domésticos, sin duda lo mejor del film. Es este recurso el que le da un aura de humanidad a los animales y a su vez, deshumaniza a los humanos de la manera más burda posible. Sin embargo el tratamiento hace simpática a la película en su intención, comprendiendo -quizás por única vez- la efectividad que siempre logran en la platea las historias con canes o bebés.

La intención de hacer una parábola con el fascismo, nazismo, (¿vegetarianismo?) o incluso con la situación política actual europea, le valió nada menos que el premio mayor en la sección Una cierta mirada en el 67 Cannes. El problema es que nada de eso queda claro y vuelve a la película pretensiosa. Del mismo modo su título en inglés, ¿un juego de palabras con Dios (God), perro escrito al revés (Dog)? En fin, demasiadas referencias tiradas al aire, sumadas forzadamente a la fábula de El flautista de Hamelín.

Mas allá de las variaciones con la infinidad de películas de perros existente, el mensaje es siempre el mismo: para dominar a la bestia no hay nada mejor que ponerse a la altura de ella.

4.0

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