Benjamín Harguindey
17/02/2016 11:23

La verdad oculta (Concussion, 2015) dramatiza la historia real del Dr. Bennet Owalu, quien en 2002 puso en jaque – brevemente – al mundo del futbol americano con su investigación sobre la encefalopatía traumática crónica: una enfermedad degenerativa causada por los reiterados traumas cerebrales que sufren los jugadores de deportes violentos.

La verdad oculta

(2015)

Will Smith interpreta a Owalu, un inmigrante nigeriano que siempre ha soñado con armar su vida en Estados Unidos, un país donde “uno puede elegir ser cualquier persona (salvo uno mismo)”. Buena línea. En su caso ha elegido ser patólogo y médico forense, y tiene a su nombre una impresionante lista de títulos. A su mesa llega el cadáver de un célebre jugador de futbol, caído últimamente en la desgracia de la droga y la indigencia; su autopsia es la primera de varias que apuntan a una verdad científica inequívoca: las contusiones cerebrales dejan secuelas suicidas a largo plazo. “Evidentemente Dios no hizo al hombre para que jugara futbol,” concluye Owalu.

Su investigación desata un escándalo y lo lleva a una guerra contra la Liga Nacional de Futbol (NFL), la cual lo ataca con calumnias y difamaciones y hasta una visita del FBI. La película presenta la cruzada de Owalu como un suceso tan controversial como el de achacar cáncer a las tabacaleras. Lo respaldan el viejito Dr. Wecht (Albert Brooks), su mentor y doble idealista, además del Dr. Bailes (Alec Baldwin) – un ex NFL que busca la redención – y el Dr. DeKovsky (Eddie Marsan), que ante todo cree en la objetividad científica.

Will Smith da una rara interpretación en la que demuestra que efectivamente es capaz de interpretar otra personalidad que la suya sin dejar de ser un protagonista bona fide. Su personaje no obstante es bastante convencional, un idealista anémico e intachable que no tiene ni la dulzura ni el magnetismo de Sidney Poitier (su obvio referente). La parte más superflua de la película es la subtrama de amor que comparte con Prema (Gugu Mbatha-Raw), una inmigrante de Kenya que se aloja en su hogar. Las escenas entre los dos son de manual: ella irrumpe en su ordenada vida, choca con su temperamento parco, hacen una puesta en común de idealismo, le enseña a bailar y finalmente entran de la mano a su cuarto para tener sexo elíptico.

Se supone que este ritual ilustra cómo Owalu finalmente comienza a encontrar su lugar dentro del imaginario americano que tanto codicia (“Casémonos,” le dice, “podemos enamorarnos más tarde”). Pero nada de lo que se muestra contiene una imagen o un pensamiento original.

La verdad oculta se para en algún punto entre otros dos films muy similares del 2015 – el thriller de espionaje Puente de espías (Bridge of Spies) y el thriller periodístico de En primera plana (Spotlight). Como la primera, es una balada al idealismo del individuo americano; como la segunda, sirve para desenmascarar un sistema podrido por dentro. Si no es tan buena como ninguno de esos dos films es porque, como film de denuncia, es demasiado conservador. Se presenta como importante, pero jamás se siente importante. No convence de su grandeza.

A todo momento la película cuenta dos relatos: la puja por la verdad y la puja por el “americanismo”, las cuales son equivalentes a efectos de la historia. A medida que el personaje de Will Smith se bate en nombre de la verdad, su vida va adoptando la forma del Sueño Americano que siempre ambicionó, utilizando su compromiso sentimental y la lenta construcción de una casa suburbana a modo de índices semióticos. En el momento más obscuro del relato, en el que el corporativismo descarnado triunfa y Owalu es desacreditado por extranjero, nuestro héroe destroza la casa en un acto de furia poética. Y si el film terminara aquí retendría su dignidad.

El pecado capital del film es dar por resuelto el problema que ataca. Ni bien una película de denuncia concede un final feliz, la denuncia se vuelve obsoleta, porque sugiere que en el mero acto del racconto yace la solución. Hacia el final de La verdad oculta, la película ha demostrado que el mismo sistema que alimenta la injusticia se retroalimenta de aquellos que la pelean. ¿Entonces cuál es la emergencia?

6.0

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