Emiliano Basile
03/02/2016 20:06

Daniel Burman logra con El rey del Once (2015) su mejor película en años. La manera cercana de retratar el mundo de la colectividad judía en el barrio porteño de Once hace del film una obra simple y entrañable, sin las estrellas ni las intenciones de taquilla de El misterio de la felicidad (2014) o Dos hermanos (2010) pero con la nostalgia y pasión por los vínculos de sus primeras películas.

El rey del Once

(2016)

La historia del film que abre la sección panorama en la 66 Berlinale, nos trae a Ariel (Alan Sabbagh), un economista que vive hace tiempo en Nueva York y debe retornar a su Buenos Aires natal por pedido de su padre. En esa vuelta se reencuentra con el mundo peculiar de la comunidad judía, conoce a una chica que no habla (Julieta Zylberberg) mientras sigue las órdenes de su misterioso padre “Usher” que no quiere hacerse ver.

El rey del Once se plantea como una fábula, contada a través de una semana con placas que mencionan los diferentes días hasta el sábado (Sabat, día de descanso judío) y su subsiguiente, con todo lo que significa para la comunidad y para el protagonista en el relato. Burman utiliza este personaje para anclarse nuevamente en la clase media argentina, el verdadero universo retratado por el director. Desde él nos identificamos con el protagonista y accedemos al submundo del trabajo en el Once que su padre realiza en una fundación en apoyo a los más necesitados de la colectividad.

Esta decisión hace que miremos ese micro universo siempre desde afuera, con el humor y la extrañeza que le genera al personaje, para luego tratar de comprender vínculos, mandatos sociales y familiares más universales, que exceden al judaísmo y con el que cualquier espectador puede identificarse. En ese girar en falso de Ariel por satisfacer los requerimientos de Usher -sumado al tiempo expuesto en días- nos iremos acercando a su crisis existencial para comprender sus motivaciones personales.

No hay ni hubo en el cine de Burman una intención documental en el retrato de la colectividad judía. Su acercamiento es con afecto y humor para homenajear sin nunca ofender ni tampoco criticar tradición alguna. La clase media argentina con su eterna disconformidad es su tema predilecto, aquí puesto en juego nuevamente como en El abrazo partido (2004) -su mejor película- para hablar del vínculo paterno y la crisis de identidad que genera en el protagonista.

El resultado es una película amena que busca mediante una pequeña fábula escenificar tales temas universales.

7.0

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