Benjamín Harguindey
28/01/2016 11:50

Basada en una novela de Patricia Highsmith y dirigida por el cineasta de culto Todd Haynes, Carol (2015) muestra el suplicio romántico entre Therese (Rooney Mara), una joven empleada de una tienda de Manhattan, y Carol (Cate Blanchett), una mujer mayor atascada en un matrimonio ingrato.

Carol

(2015)

Nueva York, 1950. Época de compras navideñas. Blanchett se acerca al mostrador envuelta en pieles y con su típica mirada rutilante, siempre una diosa de la sofisticación. Está buscando una muñeca para su hija. Mara aguarda con una expresión despabilada y bastante cómica, mezcla entre un ciervo encandilado y Zoolander (expresión que la acompaña todo el film). La atracción entre las mujeres es mutua e instantánea. Carol no pierde tiempo. Se las ingenia para forzar a Therese a llamarla, luego a salir a comer, luego a invitarla a casa, luego a invitarse a la suya. Y así.

En una de las escenas iniciales, Therese acompaña a unos amigos al cine. Uno de ellos es escritor y porta consigo una libreta donde hace anotaciones. “Busco la correlación entre lo que los personajes dicen y lo que sienten,” explica. Si viera Carol no necesitaría la libreta. Lo que los personajes sienten siempre es más que obvio, y lo que dicen es menos importante que lo que hacen. Esta es una película hecha a base de gestos, miradas, venias, detalles de fácil lectura para el espectador pero sobre los cuales los personajes operan inciertamente, a fuego lento.

Highsmith es la creadora de la saga de Tom Ripley, y originalmente publicó “Carol” bajo otro título y otro nombre. Es fácil ver las similitudes con el mito de Ripley: ambas historias tratan sobre intrusos subrepticios en mundos que intentan en vano desecharlos. Ambas también comparten cierta fascinación por esta infracción – y efectivamente, a veces Carol y Therese parecen estar más fascinadas que enamoradas. Al menos Carol y Therese comparten sus cuitas con gusto, mientras que Ripley sufre su éxito en soledad.

Lo más parecido a un antagonista es el marido de Carol (Kyle Chandler), a quien no le causa ninguna gracia tener que lidiar con lo que sospecha es un nuevo amorío lésbico de su mujer, sobre todo en medio de un divorcio y la batalla por la custodia de su hija. Pero el conflicto central no yace en la mirada de los otros (conflictos que se presentan como imponentes pero terminan desapareciendo como por arte de magia) sino en que estas mujeres sinceren su amor entre sí mismas. Cuando encaran la ruta y comienzan a hacer noche en moteles sórdidos, la película se parece tonalmente mucho más a Lolita (1962) que a Thelma y Louise (1991). Therese – personaje enervante – es esencialmente una borrega a merced de Carol, la mitad proactiva del dúo. No es hasta el final que elige algo por sí misma en la película que la tiene de protagonista (más allá de lo que diga el título). Si elige bien o mal es un punto a discutir.

Todd Haynes está en su salsa cuando dirige melodramas sentimentales ambientados en la opresiva normativa de los ‘50s. En Carol demuestra nuevamente con qué destreza explora temas como los roles de género y la orientación sexual, y la facilidad con la que sumerge al espectador en la historia. 

8.0

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