Benjamín Harguindey
16/12/2015 21:34

“Luke Skywalker ha desaparecido”. Así comienza Star Wars: El despertar de la fuerza (Star Wars: The Force Awakens). Luke ha desaparecido, y el Imperio – ahora llamado Primer Orden, si bien técnicamente hubo por lo menos otros dos antes – le está dando caza. Un pequeño droide abandonado en el desierto contiene el secreto de su paradero. No es R2-D2, sino BB-8. No está en Tatooine, sino en Jakku. No busca a Obi-Wan, sino a Poe Dameron. No lo encuentra Luke, sino Rey. Hay un patrón acá.

Star Wars: El despertar de la fuerza

(2015)

La película es, sorpresa, prácticamente una remake del Star Wars: Episodio IV - Una nueva esperanza (Star Wars, 1977) original. Los personajes han intercambiado roles, y se le ha cambiado el nombre a las cosas. Pero desde el lado estructural y narrativo cuenta el mismo cuento de Rebelión vs. Imperio, a la misma velocidad, golpe a golpe: el ataque imperial, los planos secretos, el droide en el desierto, el joven que lo encuentra, el escape del Millennium Falcon, Han (Harrison Ford) y Chewbacca, la cantina, el rescate, el sacrificio y la batalla final. El guión ha sido escrito por Lawrence Kasdan, guionista original de los episodios cinco y seis, como si le hubieran quedado ganas de escribir el cuarto.

Sus co-guionistas son Michael Arndt y J.J. Abrams, quien también dirige. La gran duda era si Abrams podía elevar la saga que George Lucas había creado (y luego arruinado, en mayor o menor medida). En cierto sentido lo ha logrado. Ha hecho una película que auténticamente recrea la emoción de los films originales, si bien no su mismo impacto. La acción vuelve a concentrarse en unos pocos personajes, y sus acciones van definiendo la trama, no al revés (como en el caso de las precuelas). La historia les pertenece, y la vivimos a su nivel.

Así como en la película original la trama se funda sobre un pasamanos de motivaciones (Leia quiere salvar los planos secretos mediante R2-D2, quien quiere encontrar a Obi-Wan, quien quiere entrenar a Luke, quien quiere irse de su planeta mediante Han, quien quiere dinero), la nueva película describe una cadena de acción similar entre Poe (Oscar Isaac), Rey (Daisy Ridley) y Finn (John Boyega); respectivamente, un piloto rebelde, una modesta chatarrera y un Stormtrooper penitente. Por distintos motivos, y luego de una serie de desventuras, terminan en el medio del conflicto entre los rebeldes y el Primer Tercer Orden. La parte divertida de la película es la primera mitad, mientras vemos cómo sus recorridos van definiendo la trama principal.

La segunda mitad es mucho menos interesante, y delata la mano enguantada de Disney, cuyo plan maestro es lanzar una nueva película de Star Wars todos los años (hasta el 2020, por lo menos), con lo que decide dejar muchas cosas colgando y enchufar el piloto automático para concluir esta primera entrega de la forma más lánguida y conservadora posible, no sea que desperdicie sus mejores ideas de entrada. Una de las mayores decepciones es que Luke queda relegado a un cameo silencioso al final de todo, traicionando las expectativas de la película y convirtiéndole en un gancho.

Otra gran decepción son los malos, que resultan poco más que versiones aguadas de sus antecesores. El Emperador Palpatine ha sido reemplazado por el Emperador Snoke (horrendo nombre, digno de la parodia de Mel Brooks), el místico enmascarado Darth Vader ha sido reemplazado por el místico enmascarado Kylo Ren (¿para qué la máscara?), y el recto líder militar Tarkin ha sido reemplazado por el recto líder militar Hux. ¿Quiénes son todas estas personas? ¿De dónde salieron? ¿Por qué se ha vuelto a dar la misma trinidad de poder? ¿Cómo lograron construir una nueva Estrella de la Muerte, esta vez del tamaño de un planeta, sin que nadie los detuviera? La película hace un pésimo trabajo en justificar la continuidad de la lucha entre los Rebeldes y el Último Primer Orden.

¿Qué hay de Han, Chewie, Leia, los droides? Todos roban 5 minutos de cámara. Su papel es hacer acto de presencia, suavizar la transición generacional. De todos ellos Han es el único verdaderamente relevante a la trama, y posiblemente quien recibe el trato más injusto. Pero no nos engañemos: la intención de la película es volver a contar la misma historia sin animarse a llamarla un remake, relevando al elenco con actores jóvenes en papeles más o menos parecidos. De los tres, el más versátil es Isaac, uno de los grandes actores infravalorados de nuestros tiempos. Ridley como una chatarrera en un desierto inclemente resulta inverosímil. Es demasiado elegante, limpia, británica. El quid de su personaje es que es mejor que todos en todo – mejor superviviente que Finn, mejor luchadora que Kylo Ren, mejor co-piloto que Chewbacca, mejor mecánica que Han – lo cual la convierte en un personaje tan increíble como detestable.

El manual de estilo dice que es de mal gusto criticar en primera persona. El lector quiere una verdad matemática, infalible ¿Cuál puede llegar a ser el veredicto objetivo sobre Star Wars: El despertar de la fuerza, que no ponga en juego mis propios sentimientos hacia la saga? Es entretenida, no es aburrida, tiene momentos de gracia, tiene momentos de dolor, y para una película tan espectacular hay un comedido balance entre los efectos prácticos y los efectos digitales, cosa maravillosa en una época en que la industria es tan adicta al CGI. Está condenada a reactivar una franquicia billonaria e inspirar mejores películas, y por ello sufre sus limitaciones. Pero no deja de ser una buena aventura.

Como crítico, esta es una película satisfactoria. Como fan, me hallo inconsolable.

8.0

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