Juan Pablo Russo
11/11/2015 01:27

Arnaud Desplechin regresa a los orígenes autobiográficos con Tres recuerdos de mi juventud (2015), presentada en la Quincena de los Realizadores del 68 Festival de Cannes, y apertura del 30 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, recuperando el personaje de Paul Dédalus que había creado en 1996 en Comment je suis disputé... (ma vie sexuelle) que vuelve a encarnar Mathieu Amalric.

Tres recuerdos de mi juventud

(2015)

Un entramado de sueños, a veces intensos, a veces caóticos, a menudo nublados, pero siempre portadores de un mensaje del subconsciente, un territorio que a Desplechin le encanta recorrer como Ulises durante su Odisea o el Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe en sus aventuras (dos referencias de las muchas que el cineasta incluye entre los laberintos de su película).

Paul (Amalric), que regresa a Francia tras veinte años de peregrinaciones por el mundo para ejercer su profesión de antropólogo, recuerda su infancia (primera parte del film) en el norte de Francia. Se trata de un periodo oscuro marcado por su abandono del hogar familiar, la muerte de una madre que odia, los juegos de indios y vaqueros con sus hermanos, y la relación tensa con su padre. Después, un curioso acontecimiento lo obliga a sacar a la luz un episodio de su adolescencia: un viaje a Rusia. ¿Por qué? Los servicios secretos franceses han descubierto, a su regreso como adulto a Francia, que existía otro Paul Dédalus, un doble fallecido dos años atrás en Australia que posee los documentos de identidad auténticos de nuestro antropólogo.

Un flashback resuelve el enigma: en un viaje escolar a la URSS, el joven había aceptado, por amistad, ayudar a una red de expatriación de espías de los judíos soviéticos. Esta exhumación del pasado continúa con un tercer capítulo llamado Esther, como el gran amor de juventud de Dédalus, una relación muy romántica (con los aparentes daños y secretos que esto conlleva) que duró unos años pero que se apagó por la distancia de Paul, que estudia antropología en París.

Drama familiar, relato novelesco de iniciación, thriller de espionaje y ante todo película de amor, Tres recuerdos de mi juventud cultiva su misterio adoptando los códigos de distintos géneros del cines. De las utopías a los golpes de la vida, de los disfraces a la caída de máscaras, Arnaud Desplechin tritura los fantasmas del pasado bajo el signo del desdoblamiento. Así, su protagonista está siempre allí y en otra parte, navega entre los universos intentando encontrar su camino, su personalidad, un equilibrio... Una relectura muy densa que el cineasta salpica de planos espléndidos y en la que el que el talento de sus jóvenes interpretes está muy bien aprovechado sin intentar a toda costa dar una estructura demasiado formal al flujo de recuerdos, lo cual dota a la cinta de un aspecto inaprensible, como una búsqueda de eternidad a través de la extrañeza de la vida.

6.0

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