Juan Pablo Russo
30/09/2015 18:13

La producción nacional de cine documental está en un continuo ascenso, aunque dicho aumento no necesariamente refleja una superación en las formas de abordarlo. A lo largo del año se ve una considerable cantidad de films correctos pero no mucho más que eso. Algo que tiene que ver con una clara ausencia de autores. Filmar un documental no es poner una cámara y reflejar la realidad. También es saber contar, construir un relato y darle un marco estético adecuado a la historia. Cuerpo de letra (2015) no solo cumple con estas tres condiciones mínimas sino que supera todo lo ya visto.

Cuerpo de letra

(2015)

El segundo trabajo del director de Hacerme feriante (2010), logrado retrato sobre la feria La Salada, ubica la acción en el conurbano bonaerense para adentrarse en el mundo de los grafitis, pero no en cualquier grafitero, sino en aquellos que realizan pintadas políticas. Deambulando entre la ficción y la realidad Julián D’Angiolillo conduce al espectador por un mundo desconocido dominado por la urgencia, el vértigo, la adrenalina, el dinero y la traición.

El protagonista de esta historia es Eze, un muchacho que forma parte de una cuadrilla que se dedica a pintar paredes con grafitis políticos. Una práctica que en un comienzo fue ideológica y que con el correr de los años se convirtió en un eslabón más de la cadena publicitaria electoral. Eze es todo un experto en el tema. Sabe cómo tiene que ser la letra, cuál su tamaño, y que color utilizar para que se lea de manera rápida por el ocasional automovilista y cause el impacto deseado. Pero Eze también toca en una banda de cumbia y pone su voz en publicidades que se anuncian desde un avión.

Como si fuera un thriller observacional, D’Angiolillo conduce al espectador por el mundo desconocido que rodea a una campaña electoral, no poniendo el foco en los políticos como la chilena Propaganda (Christopher Murray, 2014), ni en el aparato publicitario ni periodístico alejado de la cotidianidad sino en algo más tangible, aunque desconocido para la mayoría. Todos vemos paredes pintadas con el nombre de algún candidato, pero que hay detrás de eso lo desconocemos. Eso es lo que nos muestra Cuerpo de letra y lo hace de una manera notable.

El trabajo de cámara, montaje, fotografía y sonido de Cuerpo de letra es de un rigor estilístico pocas veces visto en un cine que enfrenta cierto tipo pudor a la hora de bucear en la ambigüedad. D’Angiolillo no se encasilla en un género -tampoco parecen importarle- y eso vuelve a su película de una originalidad,  frescura visual y solvencia narrativa a la que no estamos muy acostumbrados. Sin duda, un autor que sabe que quiere y como contarlo.

9.0

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