Emiliano Basile
10/06/2015 12:13

La Patota (2015), remake del film homónimo de 1960 dirigido por Daniel Tinayre y protagonizado por Mirtha Legrand, puede pensarse como un extenso primer plano de su protagonista Paulina (Dolores Fonzi), a quien seguimos de cerca durante todo el relato. Descifrar su interior, sus dilemas, será la clave de la película de Santiago Mitre (El estudiante), galardonada en la Semana de la Crítica del 68 Festival de Cannes.

La Patota

(2015)

El film abre con un extenso y áspero diálogo –rodado en plano secuencia- que mantiene la joven abogada Paulina (Fonzi) con el consagrado juez que representa su padre, Fernando Vidal (Oscar Martínez). Ella se posiciona en la vereda de enfrente de la idea de justicia institucionalizada que sostiene él. En tal debate padre-hija / juez-abogada se plantea la compleja decisión de Paulina: dejar su promisoria carrera para irse a trabajar de maestra rural a un barrio de la provincia de Misiones para un programa de alfabetización. En ese lugar, sus ideales chocan con una barrera social e idiomática que la distancian de su utopía burguesa, hasta que se produce la desgarradora violación.

El punto de vista de Paulina -y de su padre en menor medida- se construye desde esa primera escena. Si bien es cierto que en un momento la mirada reposa en el punto de vista del violador, no será para graficar su visión sino simplemente para darle humanidad al personaje y evitar caer en la estigmatización de los marginales. Santiago Mitre retoma el hecho desde diferentes ángulos, para abordar el caso desde su complejidad y darle matices a las decisiones de Paulina, quién se piensa a sí misma como una víctima común accionando de manera extraordinaria. Nadie comprende su actitud frente al abuso, se trata entonces de respetar las decisiones ajenas por más incomprensibles que parezcan.

La Patota plantea los discursos burgueses y sus ansias de cambio social, uno utópico (transformador), el otro apegado a las normas (conservador y legitimado). En la diferencia de posturas ideológicas (de poder, de justicia) se centra el relato, dejando a los destinatarios de tales acciones en otro espacio. La realidad a transformar aparece siempre en segundo plano, de fondo, inclusive fuera de foco. No es la intención del filme la denuncia, sino socavar en el conflicto interno de su personaje principal.

Si la película con Mirtha Legrand se adscribe a la narración clásica, en esta versión estamos ante un cine de arte y ensayo que busca la reflexión del espectador al enfrentarlo a sus propios dilemas morales. De este modo la película se hace eco de los debates contemporáneos, sin nunca dar soluciones pero generando la discusión al respecto.

9.0

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