Rolando Gallego
24/04/2015 14:11

Diego Gebel fue uno de los pastores evangélicos más importantes que tuvo el país. Sin llegar a la mediatización de otros, como el Pastor Giménez por ejemplo, este transmisor de la palabra tuvo un pico de exposición poco tiempo antes de fallecer.

Un aplauso al que vive

(2015)

En Un aplauso al que vive (2015), ópera prima de Florencia Inés González, se aborda al personaje desde el lugar anecdótico más entretenido, conformando un fresco sobre él y su entorno para en realidad hablar de otras cuestiones como la fe y el rasgo de solemnidad que hasta el momento se le ha dado a las ceremonias.

Diego Gebel comprendió que su relación con el evangelismo fue circunstancial, porque se acercó con su madre, enferma terminal de cáncer, y su padre, un alcohólico empedernido, a un templo en el que tuvieron su “sanación” luego de una visita. En sus propias palabras “yo me hubiera dedicado a la religión que fuera, en este caso fue el evangelismo el que curó a mi madre”.

La directora entonces, más allá de mostrar las multitudinarias misas y la fidelidad de los seguidores que poseía, trabaja con el relato en primera persona del propio Gebel (quien falleció poco tiempo después de terminado el rodaje) y cinco casos de asiduos concurrentes a la iglesia que no hacen otra cosa que adularlo y ejemplificar cómo él los ayudó.

Así podremos conocer a Hugo, un ex adicto, Horacio, una persona que delinquía, Gladys, adicta recuperada o simplemente Paulina, una mujer que necesitaba aferrarse a la fe y a la que Iglesia Católica no le cerraba porque quería que alguien igual a ella, o sea con familia, la guiara.

González también pone el ojo en las maratónicas misas en las que Gebel predicaba a partir de canciones y bailes, con trajes más pertenecientes a un show de música popular (raso, lentejuelas, brillo) que a una ceremonia religiosa. Fue cuando quiso avanzar un poco más en este punto que decidió ir a por todo, trasladando su trabajo a la avenida Corrientes. “Íbamos de noche a la calle y tocábamos cada teatro pidiéndole a Jesús una sala”.

Y así fue como pudo armar, después de mucho tiempo, un espectáculo al que denominó “la misa de los excluidos” y en el que no sólo sumaba la fuerza de figuras de la cultura popular que otrora conocieron las mieles del éxito (Mariana A, Pocho la Pantera, Lia Crucet, Silvia Peyrou, entre otros), sino que se animaba al stand up y a la ficción.

Por estas “misas” el pastor fue expulsado de la Unión de las Asambleas de Dios, una organización de la que supo ser parte desde sus mismísimos orígenes. “Tuve que elegir, y sé que con mi concert podía hacer más”, afirma desde una de las escenas.

La música comienza a envolver la pantalla, y uno queda expuesto a la palabra “cantada”, y casi sin saberlo se empieza a relacionar con el pastor y la oración de una manera tan vívida que sólo el aviso hacia el final del fallecimiento de Gebel nos vuelve a traer a la realidad.

González logra eso y este es el punto más importante de un film que habla de la religión desde otro lugar, como queriendo demostrar que de nada sirve la sobriedad y formalidad ante los feligreses, y mucho menos cuando el hastío y la doble moral por detrás son algo cotidiano, Gebel demostró que esto puede ser superado, a través del relato sincero de un hombre, con palabras simples y un lenguaje coloquial que hizo mucho más por el prójimo que cualquier discurso evangélico oficial.

7.0

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