Benjamín Harguindey
20/04/2015 09:51

Forastero (2015) es una película intrigante, situada en un limbo monocromo llamado Mar del Sud y poblado casi exclusivamente por niños y adolescentes cuya única consigna es disfrutar la playa. Mucho se habla del centenario hotel que yace muerto de pie en el corazón del pueblito, en el cual los chicos se aventuran, desafiando las historias de misterio que lo rodean. La película construye un espacio cargado de pregnancia, y luego desperdicia ese atractivo cuando se revela la banalidad de su historia: ¿a Anita le gusta Nico o le gusta Jaime?

Forastero

(2015)

La película tiene sus orígenes en un cortometraje del mismo nombre, dirigido por Lucía Ferreyra, co-escrito por Ferreyra y Valeria Márquez y protagonizado por Nico (Julián Larquier Tellarini) y Jaime (Ignacio Rogers). El largometraje lleva la duración de la historia a 60 minutos y añade una tercera rueda, Anita (Denise Groesman), quien interrumpe la amistad con la sutileza de Jeanne Moreau en Jules et Jim (1963). Los diálogos son la típica cháchara en tono neutro con la que hablan los ninis en el Nuevo Nuevo Nuevo Cine Argentino, pero el lenguaje corporal de los actores y la forma en la que muta de una escena a otra sugieren intimidad, anhelo, celos, incomodidad y tantos otras emociones reprimidas por la presencia de un tercero indeseado.

La película esgrime una única situación – ¿a Anita le gusta Nico o le gusta Jaime? – y ahí se queda, regocijándose en el talento de sus actores para sostenerla y mantenerla relevante. De los dos “boludos” (se llaman más por eso que por sus nombres), Nico es el más protagónico y por cuestiones de foco aquel quien deseamos que triunfe, aún si la historia no nos da un buen motivo para preferir a uno o al otro (o involucrarnos demasiado en el desarrollo y la conclusión de la misma, que a fin de cuentas es una situación monótona).

Julián Larquier Tellarini – el casanova de La princesa de Francia (2014) – está igual de bien como un inexperto chamullero. Rogers es su secuaz bocón e insoportable. Mientras tanto, Groesman va por el método Inés Efron de seducción y habla con un tono juguetón e infantil, clavando sus ojos pasmados y proyectando falsa inocencia por donde se la mire. Sonríe considerablemente más que Efron, lo cual es un punto a favor, aunque la sonrisa parece un detalle cruel cuanto más se distancian los chicos. ¿Cuán consciente está del efecto que causa en ellos?

Con una historia truncada en una situación obvia, nos quedamos con los jóvenes tespios dibujando expertamente círculos concéntricos entorno a la eterna pregunta: ¿a Anita le gusta Nico o le gusta Jaime?

6.0

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