Benjamín Harguindey
23/11/2014 19:14

Documental en blanco y negro fotografiado por Hernán Khourian acerca de Telma, una “sanadora” de 87 años que se sincera espiritualmente ante la obtusa mirada de la cámara. “Obtusa” no es cualquier palabra; es la palabra exacta para describir Los silencios y las manos (2014). Todo es obtuso, desde el foco de la lente de la cámara hasta el foco argumental de la película. Y así.

Los silencios y las manos

(2014)

Cuando una película no tiene una línea argumental, cuando no hay cohesión temática entre sus partes y esas partes no se suman para demostrar algo que excede su valor individual, siempre está la posibilidad de llamarla “retrato”. Los silencios y las manos es “un retrato de la relación entre Telma y el documentalista, un diálogo entre los sistemas de creencias que los atraviesan a ambos”. Y así.

El tema es que nunca queda muy claro en qué cree Telma. Habla de “los elementales de la naturaleza”. Tiene imágenes cristianas y budistas en su casa. Enseña reiki y yoga. Lee y escribe haikus. Por ejemplo: “Escribo, borro, reescribo / borro otra vez y entonces / florece una amapola”. Tiene un perro llamado Lama (por Dalai). “Su misión es la comprensión,” sentencia Telma mientras el perro babosea la lente de la cámara. Y así.

Está claro que la película quiere retratar a Telma en un estado de equilibrio zen, y le da tanta importancia a sus reflexiones religiosas como a cualquier otro tipo de reflexión. En un momento baja un cuadro de Cristo y se queda hablando durante 4 minutos sobre el cuadro. Quién hizo el cuadro. Por qué colgó el cuadro. Qué significa el cuadro. Qué vio un estudiante cuando vio el cuadro. Qué vio otro estudiante cuando también vio el cuadro. Luego la imagen funde a negro por lo que parece una eternidad, y Telma habla del día en que se le inundó la casa. Y así.

Si las creencias de Telma no terminan de cerrar un ciclo de sentido, el director no aporta ninguna en particular. Ocasionalmente lo oímos recitando haikus. En un momento lee un fragmento de un libro de Novalis. La cámara se acerca a un ventilador de piso marca Phillips, se aleja, se acerca, se aleja unas cuatro veces. “Tengo la sensación de haberlo escuchado antes,” dice Telma. Y así.

Si en algo triunfa la película es en demostrar la absoluta calma complaciente en la que Telma vive y ha vivido su vida. En gran parte la película es como ella: habla de todo un poco, sin dar mayor relevancia a una cosa o a la otra, ni importarle su orden, porque al final del día todo es poesía o algo por el estilo. Quizás el título de retrato le va como un guante después de todo. Y así.

4.0

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