Benjamín Harguindey
19/09/2014 22:58

La Isla Mínima (2014) es un policial con un marco histórico, últimamente un género muy popular en el cine iberoamericano. El marco es nuevamente la dictadura militar, específicamente el franquismo o en su defecto la remanencia franquista a comienzos de los 80s. Hay buenas y malas formas de tratar el contexto histórico en una película de género: o le da relevancia a la historia, o se trata de un detalle meramente cosmético. La Isla Mínima va por el primer carril.

La Isla Mínima

(2014)

20 de septiembre de 1980, vísperas de la transición española hacia la democracia. Dos policías de homicidio se hayan camino a un recóndito pueblo en los pantanales de Sevilla. Han sido enviados de Madrid a investigar la reciente desaparición de dos hermanas con “fama de fáciles”. El cínico veterano es Juan (Javier Gutierrez), el joven idealista es Pedro (Raúl Arévalo). Los distinguirán enseguida.

La estética de la película, así como el aguileño y taciturno Pedro, sugieren True Detective, la serie de HBO. Se cambian los pantanos de Louisiana por Las Marismas de Guadalquivir, pero nuestros héroes no dejan de recorrer bosques, ríos y pastizales; experimentar portentosas visiones y reñir con los intereses de la policía local mientras persiguen a un asesino serial de jovencitas. La película incluso comparte el mismo tono, fatal y apesadumbrado, acerca de su propia resolución.

Por otra parte la dinámica entre los protagonistas recuerda a la de los detectives de Gene Hackman y Willem Dafoe en Mississippi en llamas (Mississippi Burning, 1988): representan ideologías opuestas, no personajes. Y a veces ni siquiera muy buenos detectives. Como diría Rust Cohle, “Empiecen a hacer las putas preguntas correctas”. El misterio se resolvería en la mitad del tiempo si Juan y Pedro no dejaran de interrogar a los sospechosos más obvios tan rápido. Muchas escenas concluyen antes de tiempo sin una buena razón, excepto la de alargar la película 30 o 40 minutos más. Algunas escenas empiezan y terminan tan rápido que uno se pregunta para qué están ahí en primer lugar, y si realmente afectan a la trama.

No es que las influencias o alegres coincidencias que cunden en La Isla Mínima socaven demasiado el efecto de la película. El director Alberto Rodríguez y co-guionista junto a Rafael Cobos crean un mundo urgente, intrigante y peligroso, que ha sido preciosamente ambientado, fotografiado y caracterizado por los personajes secundarios que le dan sabor. La película se ha apropiado de los recursos exactos para contar una historia que se siente propia y genuina, y se ve atravesada por la problemática histórica que plantea en vez de simplemente utilizarla a modo de escenario.

8.0

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