Ezequiel Obregón
12/04/2014 12:13

Santiago Palavecino construye en Algunas chicas (2013) un mundo femenino hermético, onírico, por momentos desconcertante. Gran trabajo de Fernando Lockett director de fotografía.

Algunas chicas

(2013)

Celina es una cirujana que está en medio de un proceso de separación. Su mirada extraviada, su voz débil, son signos de un mundo interno que se derrumba. Recibida en la casa de una amiga que vive en el campo, con la que convivió durante la época de estudio, intentará recuperarse o, al menos, ver todo con más claridad. Allí se encuentra con su marido y su hija, una joven que intentó suicidarse y que junto a sus amigas sumergirán a Celina en un universo vivaz y paradójicamente oscuro, conformado por fiestas, drogas, prácticas de tiro, y sueños que se tuercen hasta transformarse en pesadillas.

Palavecino explora el universo femenino a través de climas, estados de latencia y personajes que llevan el misterio a flor de piel. Tal vez, el personaje que hace más evidente esta cualidad es el de Ailín Salas, joven mística que parece siempre al borde del estallido. En las secuencias que el realizador propone hay mucho del cine de David Lynch, con su banda sonora saturada de graves y la sensación de que fuera de campo “algo está por suceder”.

Para conseguir esos climas ominosos resulta clave el aporte de Fernando Lockett, director de fotografía que ha participado en una buena cantidad de films de directores en su mayoría emergentes. Aquí, consigue uno de sus mejores trabajos y resulta prodigioso –sobre todo- el trabajo con los planos-secuencia que sumergen al espectador en este mundo de mujeres que se envisten de misterio.

En Algunas chicas hay poco lugar para los hombres; el marido de la amiga de Celina, compuesto por Alan Pauls, un misterioso chofer que interpreta Edgardo Cozarinsky, un amigo de juerga, y un dealer que, en la piel de Germán de Silva, mixtura simpatía y oscuridad por partes iguales. También aparecerán dos personajes masculinos de los que no brindaremos de detalles. Todos ellos parecen delimitar el destino de esas mujeres más que construirlo junto a ellas, sumergidas en un mundo cotidiano sin límites pre-establecidos. En determinado momento, la apuesta de Palavecino parece ser la mixtura del sueño y la vigilia; ambos se confunden y, si bien eso genera una desolación más grande, aleja al film de su vertiente de thriller y lo hace, tal vez, un poco más indescifrable.

7.0

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