Osjanny Montero González
25/11/2013 12:33

Carlos Correas fue un escritor e intelectual que nació el 20 de mayo de 1931 en la ciudad de Buenos Aires. Este fue el único dato ausente para completar lo que Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach camuflan como Ante la ley (2011). Un documental que, en principio, pareciera descubrir el misterio que rodeó aquella sentencia judicial contra el autor pero que minutos después revela más que eso; resulta ser una biografía intimista sobre el mismo. 

Ante la ley

(2012)

En diciembre de 1959, Correas deja de ser el anónimo profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires para darse a conocer en el terreno literario bajo el soporte de la revista académica del Centro de Estudiantes de la institución. Su relato "La narración de la historia" se adentraba en los suburbios bonarenses para presentar el encuentro seductor entre un joven marginal y uno de la clase media. Era la primera vez que un autor se atrevía a mostrar ese mundo, hasta la fecha censurado, en la literatura argentina.

Juan José Serbeli, ensayista, explica en el film que era un cuento sobrio, nada pornográfico, en el que no había escenas escabrosas, pero eso sí “causó escándalo”. Por su parte, el editor de la revista, Jorge Lafforgue expone que para el resto de los directivos del Centro de Estudiantes no era un cuento valioso, que no ameritaba el riesgo de la publicación. “Era un desafío” y lo fue porque el editor decidió publicarlo sin saber que acabaría en prisión junto al autor.

La justicia argentina condenó a Correas a seis meses de prisión y Lafforgue a tres por su responsabilidad en la publicación. La sentencia se hizo porque el libro resultaba “obsceno”. El diario La Nación publicó una editorial considerando al texto como repugnante y repudiable por sectores de la izquierda argentina. Así fueron los inicios de Correas en los intrincantes caminos literarios. El documental intenta ser osado, pues recrea las páginas del relato sin ninguna inocencia. El propósito es que el lector de hoy día sea juez. ¿Es la actitud de Ernesto y “el morochito” obscena? Se trata de dos jóvenes que se masturban-como cualquiera a su edad-, que se tocan, se atreven a besarse en las penumbras de la noche y se seducen en bancos de la ciudad. Un retrato realista de las calles de Buenos Aires en 2013. Sin embargo, en los 50 todas esas escenas quedaban ocultadas, quizá, en boliches y esquinas muy oscuras.

Las actuaciones de la pareja homosexual no convencen en ningún momento. Bastante flojas y en ocasiones poco estéticas, como esa en la que “el morochito” se masturba frente a cámaras y se deja ver un falo grotesco y poco creíble que, como era de esperarse, minutos después retira de su pantalón como un objeto acartonado cualquiera. La idea de recrear la ficción es destacable pero en la materialización se disuelve, dejando más espacio a la imaginación para quien no haya leído el relato original.

Las agotadoras conversaciones con amigos, intelectuales, profesores de la UBA y editores de revistas de la época retratan la biografía oculta del Correas amable para los vecinos, encargada del edificio de la calle Pasteur o su cuñada. Para todos ellos, el autor de La operación Massota era “muy educado y alegre”. Sin embargo, para Bernardo Carey, amigo íntimo, “era un objeto monstruoso y terrible”, característica que le concedía mucho respeto en su casa. “No le hagan nada porque es un escritor” cuentan que argumentó la tía cuando la policía fue por él a su apartamento en Once.

Testimonios como el de Tomás Abraham o el de Edith Kiki Elorza, ambos profesores universitarios, revelan el lado humano y desconocido para sus familiares. “Era frontal, transgresor (...) estaba muy ocupado con el sexo (...) Era un pesado, un plomo” dice Abraham, mientras que Elorza cuenta un episodio curioso en que la llamó por la madrugada para pedirle que investigara sobre un texto. Para la mujer, la ceguera invadió sus ojos; para Lafforgue se trataba de un capítulo más en su carrera latosa frente a sus amigos y allegados íntimos. Si estaba ciego o no es otro asunto pendiente en la vida de Correas.

La narrativa cinematográfica de Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach es inminentemente contemporánea. Aunque se está en la presencia del género documental hay huellas de autorreferencialidad: ambos realizadores no sólo asumen el papel de investigadores, sino que, además, se muestran en el film como actores participantes, como personajes que sí o sí tienen que estar presentes como narradores esenciales. La cámara les da ese privilegio, volcándose hacia ellos, haciendo juegos de planos en que sólo aparece el entrevistado y luego las sombras de ambos documentalistas parecieran saludar al espectador.

En los primeros minutos, los planos son bastante cerrados. Apuntan hacia el interior de las páginas de libros de Correas o hacia tapas de Kafka o Sartre. Se habla de una posible adaptación de un libro o cuento y sólo después se descubre que, tal vez, hablaban del intento de recreación de "La narración de la historia". Poco a poco la realidad moldea la filmación y aparecen jueces, abogados, archivistas que buscan el expediente pero que no dan con él. Al parecer ha sido destruido por no aportar nada a la historia judicial argentina. Los jóvenes investigadores sólo consiguen el manuscrito de la sentencia en la que se expone el artículo 126 del Código Penal como acusador, no obstante no se aclara el término de “obsceno” para aquel momento.

Por más de dos horas el filme juega a saltar la cuerda de géneros cinematográficos. Es documental porque se vale de testimonios, cartas y voces para reconstruir la personalidad oculta del profesor que se lanzó del patio trasero de su apartamento después de cortarse las venas y del también dulce, amoroso y cortés vecino y cuñado que conocieron sus “falsos amigos”. Pero, en extensión y construcción el film también podría nombrarse como un largometraje audaz sobre el “último escritor maldito”, como ha sido catalogado Correas por la crítica argentina. 

7.0

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